Guerreros civilizadores

Washington trasladó a Lima el sistema de patronazgo que tan bien dominaba— y un abogado de compañías extranjeras —que por su profesión entendía perfectamente la política de intereses norteamericana, pero también su poder y su prestigio— por poco cambian el desenlace de la ocupación. El 15 de enero Nicolás de Piérola abandonó Lima con rumbo a la sierra central. La derrota de su gobierno, que culminó con la ocupación de la capital peruana, unida a la negativa de la fuerzas de ocupación de iniciar negociaciones con él debido a sus declaraciones contra Chile, lo obligaron a huir a la sierra. En una proclama aparecida pocos días después de su partida, Piérola aludió al carácter itinerante que, a partir de ese momento, tendría su gobierno741. La pérdida del espacio capitalino en manos de las fuerzas de ocupación obligó al dictador a iniciar un largo peregrinaje que lo llevó por varias ciudades del interior. En Tarma, punto inicial de su periplo, Piérola estableció su cuartel general y reiteró su posición de jefe político-militar de la zona sur, nombrando representantes de su gobierno en el norte y centro del país742. Resulta pertinente señalar cómo a pesar de muchos de los errores económicos, políticos y militares cometidos por el gobierno de la dictadura, Piérola mantuvo la lealtad de importantes núcleos políticos del interior del país. Los mismos se adhirieron al dictador no solo como un repudio al civilismo, al que consideraban responsable de la guerra y la ocupación, sino por una especial identificación con su propuesta. Es por lo anterior que no resulta sorprendente observar la relativa facilidad con que el jefe de la dictadura pudo lograr levantar un ejército de 7000 hombres, al igual que recibir el apoyo incondicional de un sector importante de terratenientes serranos743. Aparte del apoyo material de sus allegados, que resultó fundamental para la rearticulación política del gobierno de Piérola, este mantuvo, por algunos meses, la lealtad absoluta de la oficialidad militar que sobrevivió la Campaña de Lima. El apoyo militar que el general Andrés A. Cáceres y el contralmirante Lizardo Montero le brindaron, junto con el soporte activo de las élites y sectores populares provincianos, posibilitaron que Piérola no solo neutralizara a los focos civilistas serranos e intentara fortalecer la alianza con Bolivia, sino también que ensayase una fórmula capaz de proveer a su gobierno de una necesaria legitimidad. Esta, además de ayudarle a restablecer las negociaciones con las fuerzas de ocupación, podía reabrirle, en el futuro, el camino hacia Lima. La Asamblea de Ayacucho fue, en consecuencia, el mecanismo utilizado por el dictador 378

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