Fue a partir del reconocimiento de que la interferencia de la poderosa república del norte podría obstruir los planes de la ambiciosa república del sur, que tanto Santa María como Jovino Novoa definieron claramente el sendero por el que Chile debía transitar: «Debemos estar hoy en todas partes y vigilar la acción de los Estados Unidos» fue el reclamo airado del voluntarioso sucesor de Pinto738. Coincidiendo con este enérgico llamado, Novoa sugirió desembarcar al gobierno de Washington de las conversaciones de paz. En cuanto ello ocurriese, el camino quedaría expedito para dar el golpe mortal que destruiría de «raíz el mal» de la ocupación. En efecto, el alejamiento de los Estados Unidos permitiría que Chile organizase al Perú de manera «regular y enérgica», sacudiendo de esa manera la inercia de los peruanos, a quienes el factótum del Tratado de Ancón calificó de «cavilosos y falsos»739. Stephen Hurlblut Hurlblut ejerció sus labores diplomáticas en una Lima triste y devastada. La postración de la ciudad que él había conocido durante sus años de esplendor no debió sorprender a un hombre que además de pelear en una de las batallas más sangrientas de la Guerra Civil norteamericana, Shiloh, participó en los esfuerzos de reconstrucción de Luisiana. Solo evaluando la experiencia acumulada por Hurlblut tanto en el campo de batalla como en el Congreso, en la competitiva política norteamericana y en la Luisiana de la posguerra es que se puede entender su accionar en Lima. Una prueba de ello es el famoso Memorándum enviado a Lynch. Este documento, del que ya hemos dado cuenta, fue publicitado con fines políticos a los pocos días de la llegada de Hurlblut, desatando las iras de La Moneda740. Dentro de ese contexto, lo que cabe subrayar es cómo la alianza estratégica entre un diplomático estadounidense —que ante la ausencia de directivas claras de 377
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