Los abogados limeños no fueron los únicos que se preocuparon por proteger a la nación peruana y a las instituciones que la resguardaban. La necesidad de preservar la «existencia nacional del Perú» aparece como uno de los objetivos del Memorándum enviado por el ministro de los Estados Unidos Stephen Hurlblut a Patricio Lynch. En este sugerente documento, redactado en la legación de los Estados Unidos en Lima, el general abogó por la república derrotada señalando que «las leyes de la guerra civilizada» no aprobaban un enfrentamiento bélico «con el objeto de engrandecimiento territorial ni tampoco la desmembración violenta de una nación, salvo como último recurso y en emergencias extremas»736. Este tema ya había sido abordado anteriormente por Hurlblut en el almuerzo que un grupo de peruanos le ofreció con ocasión de su llegada a Lima el 29 de julio de 1881. En esa oportunidad y ante la presencia del presidente provisorio Francisco García Calderón y sus ministros, Hurlblut reflexionó en voz alta sobre las «calamidades del Perú» y cómo estas habían excitado «la simpatía de los Estados Unidos» (Caivano, 1979, II, pp. 283-284). Entre agosto de 1881 y el verano de 1882 la legación norteamericana en Lima trabajó a favor de la causa peruana. Es por ello que no resulta exagerado afirmar que el asesinato del presidente James Garfield no solo truncó su vida, sino que destruyó, sin proponérselo, la única posibilidad que tenía el Perú de salvar su riquísimo territorio (Browne, 1884, p. 61)737. Este análisis de Albert Browne —publicado en Nueva York en 1884— es bastante certero, pues alude de manera directa a la participación de las potencias extranjeras, en especial los Estados Unidos, en las discusiones en torno a un posible acuerdo de paz entre Chile y el Perú. Además de la protección de los bienes de sus súbditos y ciudadanos, la diplomacia internacional intentó colaborar, como hemos analizado en el primer capítulo, con el proceso de pacificar a las naciones beligerantes. Porque si existió un momento de duda en el comando chileno respecto a la anexión de Tarapacá, este fue cuando Lynch descubrió que la Casa Blanca simpatizaba con la causa de los vencidos. La aprehensión del representante chileno se hizo evidente en el telegrama enviado desde Lima a La Moneda, en el que señalaba que Hurlblut le había comunicado a García Calderón que, bajo ningún concepto, los Estados Unidos permitirían la amputación de la provincia salitrera peruana. Lo lamentable para los intereses chilenos, agregaba Lynch, era que ese tema monopolizaba la conversación de los limeños, para quienes Hurlblut era visto como una suerte de Mesías reencarnado (Maúrtua, 1901, pp. 100-106). 376
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