en la falta de un partido lo suficientemente fuerte como para imprimir una dirección clara a una guerra de dimensiones colosales como la del Pacífico. Antonio Varas No resulta difícil imaginar la desilusión que debió experimentar aquel que unas décadas atrás emprendiera, en asociación con la «encarnación» del ideal portaliano como lo fue Manuel Montt, el intento más elaborado de codificación del Estado-nación como proceso de abstracción tanto políticoeconómico como afectivo y social (Góngora, 1986, pp. 39-48). Porque si tomamos en consideración el grado de violencia verbal que Pinto tuvo que soportar durante su presidencia, sin olvidar el «potro de tortura» al que fueron sometidos la mayoría de sus gabinetes ministeriales —incluido el de Varas—, resulta obvio que la concepción monttvarista de la política, uno de cuyos pilares era convertir a la figura presidencial en «un principio, una entidad, una conciencia», la «encarnación de la ley sentada en su pedestal de inconmovible granito», fue derrotada de manera estrepitosa43. Ningún partido era lo bastante fuerte para imprimirle, de acuerdo a Varas, una dirección clara a la guerra. Esta situación de incertidumbre le provocaba una enorme angustia. Porque a pesar de la fe enorme que tenía en el porvenir del país, a veces se veía dominado por un «desaliento desconsolador» que lo obligaba a sobreponerse para seguir trabajando por el bien de ese ente abstracto llamado Chile44. Sin dejar de lado la mayor preocupación de Varas, esto es su fracaso en la creación de un Estado fuerte y centralizado capaz de actuar sin interferencia de «la fronda» en situaciones de emergencia, lo que sí pudo consolidarse durante el decenio de Montt fue una gestión pública objetiva, 37
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