expedicionario al suelo dándole en el hombro izquierdo, y segundos después de su caída una galga enorme pasó sobre él, despedazándole el cráneo y «haciendo de su cabeza una masa confusa de sangre, huesos y sustancia cerebral» (Ahumada, 1982, V-VI, p. 491). El control absoluto de la prensa capitalina y provinciana permitió que las fuerzas de ocupación emprendieran otra tarea fundamental: el desarme ideológico de los vencidos. En el editorial de La Actualidad —algunos de los cuales hemos analizado en el segundo capítulo de este libro— su director, Luis Castro, señalaba que el objetivo de su publicación era «defender los intereses de Chile y formular opinión franca sobre la política interior y exterior del Perú»717. El uso de la prensa como arma de lucha política y cultural —una fórmula que como bien sabemos fue ensayada por las fuerzas de ocupación entre Antofagasta y Tacna— se repitió también en las jefaturas político-militares organizadas por Lynch a lo largo de la costa peruana. Ese fue el caso de la de Ica, donde Benito Neto —un escritor uruguayo— escribió bajo las órdenes del comandante Leoncio Tagle. En una serie de artículos publicados en La Voz de Ica el antiguo redactor de La Patria se propuso defender a toda costa la firma de la paz con cesión territorial a Chile718. El Perú, afirmó Neto, debía reconocer el fracaso del gobierno de La Magdalena y simplemente aceptar que se encontraba «inerme y entregado a discreción en manos del vencedor». Dentro de ese contexto la prensa debía «echar a un lado fatuidades, vacilaciones y desconfianzas» para señalar «con catoniana imparcialidad» lo que más convenía al Perú. En una línea similar a la seguida por los publicistas chilenos, Neto advirtió a sus lectores sobre el «horrible abismo» al que se dirigían los «alucinados» peruanos, quienes al final eran los únicos culpables de todas sus desgracias. De esa manera, La Voz de Ica no hizo más que trasmitir, a través de la pluma mercenaria de Neto, lo que los encargados de las fuerzas de ocupación opinaban sobre la firma de la paz. Esto prueba una vez más que la esfera pública fue otro espacio de contención entre vencedores y vencidos. El cobro de contribuciones fue uno de los mayores desafíos que tuvo que enfrentar la fuerza de ocupación719. Ello explica la insistencia del jefe político-militar de Huacho Wenceslao Castillo ante el gobierno de Lima respecto al envío de los padrones de la provincia a su cargo, los que creía debían encontrarse en el archivo de la Caja Fiscal y Consejo Departamental. Cabe recordar que entre los logros económicos de la gestión Castillo se cuenta la exitosa convocatoria a una licitación pública 369
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