«mal intencionada» que los condenaba a vivir entre asaltos, robos a domicilio e incitaciones al saqueo, los hombres de negocios se habían organizado y solicitaban permiso para portar armas y patrullar, bajo las órdenes de Nicolás Orezzoli, las calles del Pozo y la Portada de Guía. Mediante una breve nota Lynch atendió sus demandas otorgándoles incluso permiso para capturar delincuentes y llevarlos a la intendencia para su juzgamiento713. Para mantener el «pacto» con las zonas ocupadas era imprescindible ejercer el monopolio absoluto de la violencia, y ello fue desde sus inicios una tarea muy complicada. Cabe señalar que en los días posteriores a la ocupación, Baquedano declaró la ley marcial en la capital y en el Callao, autorizando a los tribunales militares a proceder en juicio verbal. Respecto al estricto control militar ejercido por los representantes del Estado chileno, el decreto de Saavedra del 19 de enero ordenó que las armas, municiones y pertrechos en poder de los particulares se pusiesen a disposición del comandante de Policía en el plazo estipulado en el propio decreto (Bulnes, 1919, III, p. 352)714. El 23 de enero, José Echevarría, comandante del batallón Bulnes y encargado de las labores policiales en Lima, dio cuenta al gobernador militar de la incautación de 1400 rifles, a lo que se agregaría días después la confiscación de cuatro cajones de fulminantes en «una casa deshabitada situada en el camino del Callao, Calera de Mirones» y de tres cañones a tres millas del puerto de Ancón715. Un mes más tarde, Saavedra participó a Pinto de la recepción de miles de fusiles e incluso de cañones de «regular calibre y en buen estado». Su objetivo, recalcó, era desarmar completamente a los peruanos716. La toma de Lima no significó el fin de la violencia. Esta, más bien, adquirió nuevas formas, trasladándose a escenarios más agrestes. De la rudeza de la guerra en los Andes dio cuenta un periodista que acompañó a los soldados chilenos a la sierra central. En su camino al encuentro con lo desconocido, los expedicionarios —señalaba el relato— daban saltos para escapar de las galgas que los guerrilleros les tiraban desde los cerros. Teniendo a la muerte «a media vara atrás o media vara adelante de su cuerpo», los veteranos de una docena de enfrentamientos caminaban aterrorizados mientras recibían, junto con las piedras que rodaban sobre sus cabezas, los proyectiles de cincuenta o sesenta rifles que los seguidores de Cáceres tenían en su poder. Refiriéndose a una de las víctimas de esa guerra no convencional, que analizaremos más adelante, el corresponsal de El Coquimbo describió cómo una piedra de honda derribó a un 368
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