directo del gobierno nombrado por Lynch con el asenso de La Moneda. En la Memoria de Guerra presentada al Congreso en 1882 se señaló muy claramente la estructura del gobierno de ocupación. De los nueve departamentos litorales del Perú que tenían sobre el mar una extensión de 500 leguas, las fuerzas de Chile ocupaban Tarapacá, Tacna, Ica, Lima y La Libertad. En los otros cuatro, Piura, Áncash, Arequipa y Moquegua, la acción del Estado chileno se hacía sentir por medio de la marina de guerra, una parte de la cual bloqueaba el puerto de Mollendo y vigilaba los de Ilo e Islay. Esta operación implicaba una medida de hostilidad contra Arequipa, Puno, Cusco y las provincias aledañas. La tarea de vigilancia marítima tuvo también una connotación económica: el incremento de las rentas de aduana (Ahumada, 1982, VII-VIII, p. 381). Un fluido sistema de comunicación —a través del correo, el telégrafo y el vapor— y la protección de un importante contingente militar con apoyo de artillería y fuerza naval eran los pilares que sostenían el complejo aparato de control dispuesto por las nuevas autoridades en la zona ocupada. Si bien el avance de los expedicionarios fue siempre la antesala a todos los esfuerzos de organización, ninguno de estos desconocidos enclaves logró ser efectivamente integrado sino hasta la llegada de Lynch, quien aplicó las medidas pertinentes para desplegar todas las potencialidades políticas y económicas de la costa peruana. La provincia de Huacho es un claro ejemplo de esta tónica: ocupada hacia febrero de 1881 por la división al mando de Silvestre Garfias Urízar709, solo se integrará a la esfera administrativa chilena con el arribo del teniente coronel Wenceslao Castillo, al finalizar el primer mes del año siguiente. Es precisamente la correspondencia de Castillo con el cuartel general de Lima la que nos permite reconstruir la lógica que siguió la ocupación de la franja costera. Una vez verificado el desembarco de las tropas que arribaron a Huacho y después de ordenar el izamiento del pabellón tricolor en la plaza del pueblo, Castillo celebró dos conferencias con el alcalde de la localidad, Manuel María Reyes. Como fruto de ambas entrevistas, logró que el vecindario asumiera los gastos de mantenimiento de su tropa y que la propia autoridad municipal se encargara de las tareas de acopio de los artículos para alimentarla. Debido a que en la zona no existían cuarteles suficientes para contener más de trescientos hombres, el teniente coronel no tuvo más opción que ordenar la construcción de varios galpones e incluso adaptar las instalaciones del teatro de la ciudad para alojar cómodamente a los soldados del Maule y a los granaderos que 366
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