Guerreros civilizadores

tanto desprendimiento, tanta voluntad y deseo de servir» a Chile. Ser «inflexible» era la mayor virtud de un repatriado que de la mano de Pinto y más adelante de Santa María fue capaz de trasladar a Lima un sistema político-militar cuyo objetivo era velar por el bienestar de un ente supremo y distante llamado Chile. Fue característico en Lynch su deseo irresistible de servir a la causa nacional. Ese inquebrantable compromiso —que Benjamín Vicuña denominó «sumisión ante el deber y la consigna»— es el que nos permite comprender que durante los primeros meses de la guerra asumiera sin reparos, y a pesar de su notable trayectoria, labores tan humildes como el remolque de lanchas o el servicio de guardiamarina. También explica el que por iniciativa propia, mientras se encontraba desempeñando la jefatura político-militar de Tarapacá, propusiera a La Moneda comandar la tristemente célebre expedición que lleva su nombre y que analizamos en el capítulo anterior. Santa María, Altamirano e incluso Rafael Sotomayor recomendaron a Lynch para una serie de promociones, siendo la última el importante ascenso que se le otorgó por el valor y arrojo mostrado en la toma de Lima706. Pero su probada capacidad y su impecable formación profesional, que incluía el dominio de varios idiomas, no eran las únicas razones que hacían ver a Lynch como el agente más apropiado para un momento de tal trascendencia como lo fue la ocupación por tiempo indeterminado del Perú. Mientras Baquedano, Lagos y Saavedra representaban los intereses de un ejército que día a día reclamaba por la autonomía de sus fueros y Vergara los de una burguesía que muy pronto colisionaría con ese gobierno al que lealmente sirvió, la ausencia de vínculos con los grupos de interés tradicionales, esa particular independencia que la figura de Lynch proyectaba, fue lo que terminó convirtiendo a este hombre en el instrumento predilecto de un Estado ávido por ejercer un dominio absoluto sobre un espacio político distante y además anarquizado707. En una etapa decisiva para la consolidación política y económica de Chile, Lynch asumió el deber de corporizar en territorio extranjero esa «cosa impalpable pero viva» a la que Daniel Riquelme denominó, como hemos señalado previamente, la imagen de Chile en el Perú. Quizás el episodio que mejor grafica la segunda fase de la ocupación — que la llegada de Lynch inaugura— sea el proceso que el general ordenó que se siguiera a los integrantes de la expedición que comandó Ambrosio Letelier. Este significativo juicio no solo fue el primer paso en esa ruta «invariable» trazada en el verano de 1881, sino que además permitió al 364

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx