también consciente del enorme potencial de una tropa «dispuesta a morir antes que entregarse o rendirse». Su mayor preocupación, como bien sabemos, fue la ineptitud de los viejos generales. Y es que el simple hecho de imaginar a Escala «peleando a la bárbara» una guerra a todas luces decisiva para el futuro de la república lo llenaba de espanto. A Santa María todo le parecía pequeño en presencia de la guerra, cuyo estado por lo mismo que era anormal y odioso debía ser abordado de frente y sin contemplaciones703. Sobreponiéndose a una serie de dolencias físicas que lo acompañaron hasta el final de sus días, Santa María no cedió en su empeño de imponer la voluntad de La Moneda en el frente de batalla y más adelante en Lima. Para ello apeló a la política de los ascensos de la que hemos dado cuenta en el primer capítulo, pero también utilizó el gran conocimiento que poseía del alma humana, habilidad adquirida, qué duda cabe, en el campo de batalla electoral. «He encontrado a Simpson decaído, flojo y tímido como su jefe», señaló refiriéndose a Williams Rebolledo. Sin embargo, algo podía esperar el Gobierno del marino siempre y cuando se le estimulara y se contestaran sus cartas. Vergara y Sotomayor, opinaba, tenían el «alma levantada» y los militares eran parte de un edificio que estaba a punto de desplomarse. Respecto a este penoso asunto el ministro propuso doblar la página, aunque advirtiendo que la cabeza no debía doblarse jamás. Indoblegable es la palabra que mejor define a aquel veterano de la política chilena cuya vida fue marcada por el exilio, pero cuyos logros personales le allanaron el camino a las más alta cumbre del poder. Fue en su calidad de inquilino de La Moneda que el antiguo revolucionario prescindió de cualquier miramiento con el enemigo con la finalidad de administrar la fase más difícil de la Guerra del Pacífico. Es así que su Autorretrato, mencionado previamente, destaca no solo por la franqueza con la que el presidente de la república analizó las alternativas de su gobierno, sino también por la claridad con la que él mismo sintetizó el tono político que fue consolidándose en Chile al fragor del enfrentamiento con Bolivia y el Perú. En un pasaje revelador, Santa María reconoció que la Guerra del Pacífico fue un hito fundamental de su administración, pues fue en «los días trágicos a veces, gloriosos otros de la guerra con el Perú y Bolivia» que él aprendió a «mandar sin dilaciones», a «ser obedecido sin réplica», a imponerse «sin contradicciones», haciendo sentir la plena autoridad del Estado que era —según sus propias palabras— «superior a cualquier sentimiento humano» (Encina, 1984, XXXV, p. 98). La contundente 362
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