Guerreros civilizadores

enviar a un negociador para que aquietara los ánimos. Ello era imprescindible debido a que tanto el intendente de Valparaíso como el presidente en campaña habían decidido regresar a Santiago para librarse no solo del acoso político de sus rivales, sino de las acusaciones levantadas contra ellos en la prensa santiaguina. Afortunadamente para La Moneda, los hombres que representaban su voluntad en el territorio ocupado «se contuvieron» y no cometieron un «disparate» que hubiera echado por la borda todo el esfuerzo invertido en la campaña693. Los conflictos internos no desviaron a Eulogio Altamirano del objetivo fundamental que se le había encomendado: la firma de un tratado de paz. Sin embargo, la ronda de conversaciones entre el comando político-militar chileno y los representantes peruanos arribó a un punto muerto debido a la negativa de los últimos de firmar con cesión territorial694. En ese escenario, Altamirano empezó a delinear las bases ideológicas de lo que puede ser definida como la política de ocupación del Perú. El plan Altamirano fue la respuesta de un experimentado servidor del Estado chileno a una situación que día a día se fue tornando inmanejable. El nombramiento de Patricio Lynch como general en jefe de la ocupación y el recuerdo de su eficiente labor administrativa en pro de los intereses de Chile no han permitido analizar en profundidad los problemas que enfrentó el comando chileno durante los primeros meses de su estadía en Lima695. En una carta escrita a Pinto, fechada en febrero, su plenipotenciario le anunciaba que la paz con el Perú era simplemente un imposible. Por ello, el Gobierno debía declarar a todas las naciones del mundo que mantendría la ocupación de Lima, el Callao y demás departamentos hasta que los vencidos aceptaran sus «justas exigencias». Altamirano, como bien sabemos, era un decidido defensor de la idea de nombrar en forma inmediata un gobernador general asistido por tres secretarios, uno de Gobierno, otro de Hacienda y un tercero de Guerra, acto que haría evidente el propósito de Chile de prolongar por años, si fuese necesario, su presencia en el Perú. Consciente de que la ocupación indefinida les provocaría inmensos males a Chile, el abogado consideraba inútil resistirla, pues las condiciones la imponían y no estaba en manos de La Moneda el poder evitarlo. Lo peor que podía ocurrir era la ruina total del enemigo, en términos de no alcanzar a pagar los gastos asociados a la manutención del ejército expedicionario. Puesto en ese trance, Chile debería contemplar la necesidad de retirarse, pero no sin antes verificar que el Congreso Nacional dictara una ley mediante la cual se definiese la nueva frontera con el Perú, estableciendo cuáles de los territorios 358

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx