Guerreros civilizadores

Guerra en campaña, José Francisco Vergara, y el general Manuel Baquedano ocurrió en vísperas de la batalla de Chorrillos688. La discrepancia entre las dos cabezas de un comando que desde sus inicios se planteó como bifronte, venía de antigua data y fue exteriorizada el mismo día de la entrada del ejército de ocupación a la capital peruana. Altamirano señalaba que la infatuación del general, por una parte, y la ligereza y poco tacto del ministro, por otra, eran las causas de un enfrentamiento que se hizo público y notorio en los salones del hotel Maury, cuando un grupo de artilleros cercanos a Baquedano atacaron verbalmente a Vergara689. La respuesta no se hizo esperar. El vencedor de las cinco batallas que definieron la guerra fue acusado por su contraparte civil de un autoritarismo insoportable y de creerse imbuido de un poder «tan soberano como el que residía en los aposentos» del palacio virreinal en el que habitaba (Bulnes, 1911-1919, II, p. 360). Baquedano ya había hecho referencia a las pretensiones militares de Vergara en su correspondencia con Pinto, señalándole que solo la lealtad a su patria y a su presidente le ayudaban a soportar tanto «la bilis revuelta» como «el martirio moral» que el comportamiento del ministro de Guerra en campaña constantemente le causaban690. Tan inmanejable llegó a ser la situación política en el comando expedicionario, que hacia mediados de febrero hubo incluso un amago de desgobierno. De esta sorprendente situación dio cuenta Cornelio Saavedra, cuando en comunicación a La Moneda aludió a «la deserción completa» que por poco pone en riesgo los triunfos de Chorrillos y Miraflores691. La razón era la disputa entre los encargados de firmar la paz y «las tristes y funestas ambiciones» en el ejército, las que, según Saavedra, debían ser atajadas cuanto antes por el gobierno692. Las pugnas entre los hombres que llevaron a Chile a la victoria no hicieron más que reproducir los conflictos que precedían a las justas electorales. Así, el «aire cargado de electricidad» que se respiraba en la ciudad ocupada se debía a que la candidatura Baquedano empezaba a tomar cuerpo a miles de kilómetros de distancia de Santiago. La candidatura del vencedor de Lima, apoyada por los conservadores, encontró gran resistencia entre «los amigos de Vergara». General y ministro estaban enfrentados en territorio enemigo e incluso exhibían ahí sus respectivos «adalides». Así, una ligereza, una disputa, una comida con tintes electorales podía provocar un escándalo de proporciones inimaginables. Santa María opinaba que debido a que Altamirano estaba «apagado» en medio del choque de «intereses opuestos» era necesario 357

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