importante asunto que preocupaba a los hombres que despachaban día y noche en La Moneda: ¿qué hacer después de la victoria? ¿Cómo negociar un tratado de paz con un Estado fantasma, o mejor dicho, con uno que se había reducido al gobierno municipal del alcalde Torrico? El problema principal era, de acuerdo a Santa María, que los peruanos se resistían a aceptar que habían perdido la guerra y, en consecuencia, debían rendirse y firmar la paz. «Debemos decir a los limeños», escribió a Pinto, que si ellos no convencen a Piérola para iniciar las conversaciones de paz «volveremos al norte y arrasaremos» con todo. El futuro presidente sabía que esta solución era «atroz» y que no le haría ningún favor al buen nombre de Chile; sin embargo resultaba imposible mantener un ejército de ocupación en Lima que además de resguardarse de potenciales ataques tenía que enfrentar un clima adverso. Fue a partir del análisis de una situación bastante complicada y costosa que Santa María sugirió a Pinto una solución drástica: «Hoy debemos poner en movimiento nuestros buques. Que recorran cuanto antes el norte; que amaguen en todas partes; que lleven el temor y el miedo, a fin que amedrenten a las poblaciones y faltos de recursos hablen de paz y pidan la paz»685. En una línea de pensamiento muy similar, el plenipotenciario Eulogio Altamirano comunicó a La Moneda su intención de quedarse en Lima y «ensayar un poco el terror» contra la población civil para ver si por ese camino era posible encontrar la paz con los peruanos. Altamirano pensaba solicitar unos «buenos millones» a la Municipalidad de Lima686. Si esta se negaba al pedido, el antiguo ministro de Errázuriz proponía quemar todos los edificios públicos, comenzando por el palacio de gobierno y concluyendo con los cuarteles y las escuelas. Si los vencidos se negaban a firmar la paz «ese sería el único camino» que los representantes de Chile «podían tomar»687. Lima no fue reducida a cenizas porque Pinto mostró más cordura que sus asesores, porque los peruanos pagaron parte del cupo solicitado y porque la tensión al interior del comando chileno destacado en la capital peruana no dejó tiempo para la hecatombe piromaniaca imaginada por Santa María y el siempre dispuesto Eulogio Altamirano. Es justamente la correspondencia de este último con La Moneda la que permite entender la pugna entre los plenipotenciarios civiles y el comando militar destacado en Lima. En efecto, la celebración de la conquista de la «ciudad de los virreyes» no logró aquietar la tensión al interior del núcleo de la fuerza expedicionaria, agravándose más bien en medio de la victoria. Cabe recordar que el momento más álgido de las relaciones entre el ministro de 356
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx