Guerreros civilizadores

por su mismo ejército. En ese momento la fuerza expedicionaria, como unidad de comando disciplinado, simplemente desapareció. Justo Rosales cuenta en su diario que los soldados iban llegando cargados de libros, trajes de paños e infinidad de cosas que encontraron en las casas que saquearon en Chorrillos. Apenas oscureció, los hombres bajo su mando se acostaron en el piso, en alguna frazada o en sacos de las trincheras. El frío arreciaba y cientos de muertos daban testimonio de la ferocidad de la batalla. A una docena de pasos del lugar donde dormía Rosales había un muerto, y así se quedó toda la noche al descubierto sin una tela que le cubriera siquiera el rostro (Rosales, 1984, p. 223). El escenario en los alrededores de Lima era dantesco. Cinco días después de las batallas que sellaron el destino del Perú el ambiente en la antigua ciudad de los virreyes se tornó insoportable. Las emanaciones de miles de cadáveres en putrefacción regados en el campo de batalla viciaron su atmósfera y colapsaron su sistema sanitario, lo que obligó a que los mismos soldados asumieran las labores de sepultureros. Entre «cuatro o cinco paladas de arena» sobre «los cuerpos hinchados y amoratados» bastaban, de acuerdo al oficial Alberto del Solar, para cubrir al menos superficialmente a los caídos en acción; quedando lo demás a cargo del tiempo (del Solar, 1967, p. 239)683. ¿Qué ocurrió con las autoridades peruanas mientras millares de limeños se vestían de luto por los caídos en combate y una gran mayoría de los sobrevivientes se angustiaba ante un futuro incierto? El contralmirante francés Bergasse du Petit Thouars resume de manera brillante la situación política peruana luego de la derrota en Miraflores. «Piérola después de ser acorralado en Lima se retiró a las montañas sin ordenar nada». Esta actitud dejó a los chilenos frente al vacío más absoluto de poder, sin ninguna persona delante de ellos con la que pudieran tratar, en medio de un país totalmente desorganizado, donde todos los mecanismos administrativos estaban paralizados y donde las instituciones y los hombres evidentemente no funcionaban. Du Petit Thouars, un marino curtido en infinidad de conflictos, no estaba equivocado cuando anunció que las victorias en Chorrillos y Miraflores no marcarían el final de la guerra, sino el principio de una serie de «graves confusiones» que muy pronto consternarían a Chile684. El entusiasmo por la victoria, el regreso de los muertos y heridos al suelo patrio y la organización de la ceremonia de recepción al ejército triunfante distrajeron momentáneamente a la opinión pública de un 355

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