Aunándose a un espíritu festivo que dominó el país de sur a norte, un entusiasmadísimo Eulogio Altamirano le escribió a Aníbal Pinto para comunicarle que viviría cien años y jamás olvidaría «la impresión de orgullo» que sintió en el momento en que entró en «la Ciudad de los Reyes». Porque ser testigo en Chorrillos de «la más hermosa batalla de América» era una experiencia realmente memorable675. El triunfo de las armas chilenas en Lima fue percibido de manera ambivalente. «Caro muy caro», escribió un periodista de El Chilote, fue el precio que Chile hubo de pagar por su victoria. Sin embargo, y a pesar de la sangre chilena derramada en Chorrillos y Miraflores, ese enorme sacrificio ayudó a solventar una «deuda sagrada con la patria»676. El júbilo que se sintió desde Copiapó a Ancud fue un reflejo de la victoria pero también del sometimiento de Lima, una ciudad descrita como un cadáver que clamaba por una sepultura «digna de sus antecedentes»677. Esta noción, ampliamente difundida por la prensa chilena, fue discutida por José Francisco Vergara en el Senado de la República. Políticamente hablando, sostuvo el plenipotenciario de Pinto, el Perú era un cadáver ausente de un centro capaz de darle vida a la nación. Lima estaba tan lejos de los extremos, que ni estos recibían los impulsos de aquella, ni esta su savia vivificadora. Esta dramática situación posibilitaba la ruptura de la unión, que el plenipotenciario describió como un «estado patológico» que inevitablemente llevaría a la nación peruana a la muerte. El escenario que surgió en la república vencida no tomó a Chile por sorpresa. Los representantes de La Moneda, opinaba Vergara, se sirvieron más bien de la fragmentación existente en el Perú para trazar «deliberadamente» y con «conocimiento de causa» el camino que «Chile nuevo» debía seguir (Ahumada, 1982, V-VI, p. 409). Vergara estaba convencido de que la vanguardia político-militar chilena que llegó a la capital peruana había creado una «teoría» y que esta probablemente tendría una gran repercusión en otros pueblos de la región. La teoría a la que se refirió el preclaro representante del radicalismo chileno era la de la «supremacía de unos sobre otros». En breve, los países más fuertes y mejor organizados no solo absorbían a los más débiles sino que los forzaban a seguir sus intereses. Fiel a un pensamiento que guardaba un aire de familia con el que el filibustero norteamericano William Walker planteó años atrás para Nicaragua, Vergara no imaginó que la dislocación que sufría el Perú no era un producto exclusivo de la ocupación de su territorio. Solamente una experiencia histórica tan 352
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