Guerreros civilizadores

suerte de híbrido que permitiese sobrevivir los tres largos años de estadía en el Perú, esa tarea no protegió a los representantes de la república victoriosa de las luchas facciosas que ensangrentaron la historia peruana671. Inmersos en una dinámica que ya creían superada, la extensión de La Moneda en Lima asumió un papel central en la lucha encarnizada entre múltiples poderes locales, convirtiéndose vicariamente en uno de ellos. Para lograr su cometido, que era la preponderancia económica de Chile, el gobierno de Santa María debió ensayar fórmulas políticas impropias de una república moderna. De ello dio cuenta Benjamín Vicuña Mackenna al señalar que si la dictadura itinerante de Piérola estaba en conflicto con «los sedentarios notables de Lima», era porque Chile mismo fomentaba dicha «dualidad». ¿Vamos a comenzar como en 1837, se preguntaba Vicuña Mackenna, sirviendo de auxiliares a los Gamarra contra los Orbegoso y los Nieto?672 El desenlace de una lucha de poderes y voluntades contrapuestas fue el grito de Montán, un acontecimiento político que abrió el camino para la paz con cesión territorial y a la vez significó un quiebre importante en la historia política peruana. I. DESPUÉS DE LIMA Y DESPUÉS DE PINTO La derrota peruana en Chorrillos y Miraflores y la posterior ocupación de Lima fueron los eventos estelares de la Guerra del Pacífico. Lima, señaló un editorial del diario El Ferrocarril publicado a escasos días de la victoria, había sucumbido después de dos gloriosas batallas peleadas por el invicto ejército comandado por el general Baquedano. El destino inexorable se había cumplido para la pérfida ciudad, foco de todas las maquinaciones dirigidas contra una república honrada y trabajadora como se afirmaba era la chilena. Luego de saborear la «felicidad suprema» la prensa santiaguina celebró «la hora más solemne» de la república, cuyo tricolor ondeaba desde el estrecho de Magallanes hasta las orillas del río Rímac673. «Los lobeznos de América», señaló una nota de La Patria, fueron batidos, vencidos y rendidos en el último rincón de sus atrincheramientos. Sin embargo, ríos de sangre debieron correr antes de que la capital de la «Sodoma sudamericana» cayese finalmente derrotada674. El ejército de Chile se desplazó sobre el suelo peruano como un torrente irresistible que todo lo avasallaba, como un rayo que todo lo destruía, como una tormenta preñada de tempestades que sembraba la muerte y cuyo paso estaba marcado por «un reguero» de cadáveres. 351

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