embarcados con rumbo a Valparaíso. Saavedra pensaba que por su valor científico aquellos podían ser de gran utilidad en establecimientos como el Instituto Nacional y la Escuela Militar661. Dentro de una tendencia similar, Rafael de la Cruz, jefe político militar de la capital peruana, comisionó a un horticultor para que visitara el Jardín Botánico de Lima y luego de ello hiciera una nómina de las plantas que de allí podían llevarse a Chile662. El encargado de embalar y mandar al sur dichas posesiones fue nuestro conocido Federico Stuven, quien durante semanas trabajó arduamente con los miembros del batallón Victoria para desmontar y encajonar «la maquinaria más completa y moderna» que, de acuerdo a sus palabras, existía en América del Sur. Esta, unida a la que tenía Chile, formaría una casa de moneda «de primera clase». No contento con ello Stuven también embarcó rumbo a Chile «un departamento cerrado en el que estaba depositado un observatorio astronómico de la acreditada firma de Barraud y Lund de Londres». Esta pieza única, valorada en cuatrocientos pesos, fue traída a Lima durante la administración Balta para ser colocada en el cerro San Cristóbal. Stuven calculaba que el valor en metálico de las piezas remitidas a su país adoptivo, incluida la fábrica de pólvora, la maestranza de Bellavista y Santa Bárbara, ascendía a tres millones doscientos mil pesos663. Más allá de la excitación que causó entre la intelectualidad chilena la llegada a Santiago de los miles de libros extraídos de la Biblioteca Nacional, del instrumental tecnológico, de la flora de la nación derrotada e incluso de sus archivos oficiales, hacia mediados de 1881 ya nadie ponía en duda que la permanencia por tiempo indefinido en Lima sería muy problemática. En el artículo editorial de El Mercurio titulado «Es preciso decidirse» se señaló que «el problema de la ocupación del Perú» debía «resolverse sin pérdida de tiempo». La disyuntiva que se le planteaba a Chile era quedarse en la capital del país derrotado «para sujetarlo poniéndole la camisa de fuerza que le correspondía por sus espantosas locuras» o simplemente evacuarla cercenándole antes los territorios ya designados en las conferencias de Arica664. Las alternativas que se barajaron para resolver la encrucijada en la que se encontraban colocada la administración Pinto, los expedicionarios y una opinión pública que fluctuaba entre el apoyo y la diatriba fueron dos. La primera era la paz inmediata, que el sacerdote Rodolfo Vergara consideraba efímera por la inconsistencia del gobierno de la Magdalena, y la segunda la ocupación indefinida. En esa línea de análisis, la propuesta central de Vergara, 348
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