Guerreros civilizadores

contra esa «guerra civilizada» que Chile creía estar peleando tensionó a su aparato estatal, colocando a sus vanguardias en los límites de su capacidad política y militar. Esta situación fue causada por la guerra de guerrillas que el ejército chileno debió enfrentar en la sierra peruana, pero también fue una respuesta a lo ignoto de un universo conceptual que La Moneda debió descifrar. Conformada por un conglomerado de actores, eventos y agendas contrapuestas, la ocupación del Perú fue adquiriendo forma y sentido a través de un complejo proceso de error-acierto que duró más de tres años y que culminó con la firma del Tratado de Ancón. En el debate que acompañó a este aprendizaje político, arduo y complejo, se ventilaron las limitaciones de los vencedores y se analizó en detalle la cultura política de los vencidos. La ocupación de la capital peruana estimuló una discusión a nivel nacional. En el editorial «No más contemplaciones», publicado en El Nuevo Ferrocarril, su autor hizo evidente la desazón del gobierno de Pinto ante la negativa de los peruanos de firmar la paz con cesión territorial. El problema central era la visión errada que se tenía de «esa singularísima nación peruana, tan malamente conocida por los estadistas chilenos». El autor de la interesante nota, publicada a pocos días de la victoria en Lima, confesó haber estudiado la historia de los peruanos y observado desde cerca su marcha política y social. En el Perú, proseguía el analista, «lo farsaico, lo desatinado y lo increíble constituían un sistema». Que el presidente Pinto y sus asesores desconocieran la naturaleza del adversario, a pesar de que este había sido pródigo en «demostraciones de su especialísimo carácter», era algo muy preocupante657. Lo problemático, sin embargo, no era lidiar con un enemigo incomprensible sino que Chile se viera obligado a pagar la cuenta de semejante desatino. En el artículo titulado «Lo que nos cuesta la guerra», publicado en La Serena, su autor señaló que a un año y medio de la aparente victoria en Lima el conflicto trinacional le estaba costando al fisco sesenta millones de pesos. Ello sin considerar las vidas segadas por la fiebre amarilla, la viruela y «la audacia y astucia sin fin de las hordas de montoneros» que por todas partes hostilizaban a los expedicionarios. Era evidente, para el autor de la nota, que la «guerra de recursos» peleada por los peruanos iba a costar más sangre y más dinero que la que se invirtió en toda la campaña marítima y terrestre658. 346

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