gobierno de facto que él, en nombre de Chile, encabezaba (Ortiz Benites, 2013, pp. 8-10, 22)652. No es nuestra intención discutir aquí la naturaleza de un discurso justificatorio que tuvo por finalidad convencer a propios y extraños sobre las bondades de una situación a todas luces excepcional en la historia de Chile y de Latinoamérica. La refutación a los argumentos de Lynch, quien sustentó su proceder y el de sus camaradas de armas usando el ejemplo de la estadía del ejército prusiano en Francia, fue publicada en uno de los editoriales del New York Herald. La ocupación chilena, afirmaba el autor de la nota, destruía los cimientos de «la república y la civilización». Dentro de ese contexto, las entidades políticas encargadas de conducirla quedarían militarizadas, comenzando con la restricción de las libertades civiles y terminando con la existencia misma de la vida republicana. La «prolongación indefinida de lo provisional» es la frase que mejor define a una de las etapas más interesantes y complejas de la Guerra del Pacífico653. Porque desde el momento en que la ocupación de Lima se convirtió en la única opción capaz de doblegar la voluntad del enemigo, los directores de la guerra pronosticaron un escenario plagado de contrariedades. Un «negocio de pura pérdida», un espectáculo con la fantasía y «el brillo de las luces del teatro»654, e incluso, como en su momento lo afirmó el presidente Pinto, una espada colgada sobre la cabeza de Chile655. La guerra cuyo pronto desenlace se auguraba en sus inicios, fue tomando «proporciones inesperadas». Si luego de ocupada Lima, escribió Eduardo Rusberg en un diario santiaguino, la república enemiga se quedaba sin un gobierno que firmase la paz con desmembración territorial, ¿cuál sería la conducta a seguir por parte de los vencedores? Porque era obvio que ni con «todo el guano de Lobos, ni todo el salitre del Desierto» Chile podía jamás compensar «un estado de guerra permanente». Era por lo anterior que Rusberg solicitó a la prensa, a los hombres de Estado y a todos los que servían de actores en el «sangriento drama» iniciado en el verano de 1879 que pensaran «una y cien veces» en una solución capaz de conciliar los intereses de Chile, su dignidad como nación y la obtención de una paz estable y duradera656. Este capítulo analiza el momento más controversial y difícil del conflicto armado entre Chile, Bolivia y el Perú. La negativa de los peruanos para firmar la paz con cesión territorial, las dificultades del clima de la costa y sierra peruana, la intervención norteamericana y el uso, entre los seguidores del general Cáceres, de tácticas militares que atentaban 345
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