CAPÍTULO 6. LA OCUPACIÓN DE LIMA O LOS DILEMAS DE LA GUERRA PERMANENTE «Y si la paz no viene, y si una interminable guerra de recursos es puesta en juego por el enemigo, ¿en dónde se detendrá nuestra acción? ¿Aceptaremos el estado de guerra como un estado permanente?» El Nuevo Ferrocarril, 5 de abril de 1880 «Tres años y medio duró esta jornada de la paz, mucho más difícil que las empresas militares. Tres años y medio en que el ejército chileno formado con montañeses de clima templado montaba guardia de un país enfermizo, enemigo y casi tropical». Gonzalo Bulnes, Historia de la Guerra del Pacífico (1919, III, p. 7) En la entrevista que Patricio Lynch le concedió al periódico New York Herald, el jefe político militar de los territorios ocupados definió la misión que, en nombre de su gobierno, creía estar cumpliendo en el Perú. En lugar de adoptar ahí un sistema en el cual los vencidos asumieran la carga económica y política que les correspondía, lo que Chile más bien fomentó fue una «conducta intermediaria». Basándose en razones de tipo «humanitario», el representante de La Moneda presumió de la reorganización del aparato estatal peruano y de su sistema judicial, fiscal y sanitario; de la administración eficiente de la caridad pública e incluso de haber dotado a las ciudades ocupadas de una seguridad nunca antes vista en su historia. Haciendo gala de una línea de argumentación que enfatizaba el compromiso de un militar extranjero con tareas propias de un Estado nacional, Lynch afirmó que si su país sacaba a sus tropas de Lima y las provincias aledañas, sus pueblos serían «saqueados sin piedad por merodeadores peruanos». En cuanto a las denuncias de la prensa internacional sobre los abusos que el ejército chileno cometía contra la población civil, el veterano de la Guerra del Opio admitió que existían «casos aislados de violencia». Sin embargo, ello no significaba que en el Perú no existiese «un sistema de justicia y de humanidad» amparado por el 344
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