Federico Stuven La narración personal del ingeniero sobre dicha misión nos permite reconstruir el apocalíptico cuadro en que la hacienda azucarera peruana fue consumida. «Daba lástima —aseveraba Stuven— emprender tamaña destrucción». No obstante y como fino conocedor de la maquinaria allí depositada, el subalterno de Lynch definió con delicadeza el procedimiento de la hecatombe. Aplicando dinamita especialmente a «las piezas nobles» —las valanciers— logró que las máquinas a vapor saltaran en pedazos, los cilindros de las mismas se inutilizaran y las pilastras del establecimiento se rompieran. Como el tiempo, sin embargo, «era corto para una destrucción completa», se decidió entregar lo restante a la fuerza del fuego. Invadiendo los pisos superiores del ingenio, la incontenible pira derretía las escalas de fierro fundido, mientras la maestranza perdía sus tornos, taladros y calderos. El humo, el fuego y otras circunstancias dificultaron, no obstante, la operación de destrozar otras piezas y es por ello que el inmenso trapiche quedó casi intacto. Lo que sí resultó totalmente arruinado fue un alambique que, según Stuven, era lo «más hermoso» que había visto en su vida. A las siete de la noche del día 13 el ingeniero se retiró a Chimbote, dejando una «inmensa e inextinguible hoguera» que devoraba no solo los cañaverales aledaños al ingenio, sino también los cuadros, pianos, espejos y toda clase de muebles de la casa hacienda y el ingenio de arroz, que distaba unos cinco kilómetros de la plantación648. En la expedición a Supe el ingeniero participó de otras hecatombes, partiendo por la voladura de la maquinaria de la hacienda San Nicolás con todos sus edificios, así como de una locomotora. En su parte a Patricio 333
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