Guerreros civilizadores

Patricio Lynch Un breve retrato nos puede ayudar a comprender la naturaleza de esta operación. La expedición Lynch se articuló a partir de un conjunto de correrías punitivas encaminadas a mantener en movimiento la maquinaria militar chilena mientras las autoridades de La Moneda se sacudían del inmovilismo y decidían los próximos pasos a seguir. Hablamos, por cierto, de una maquinaria militar que involucró a todas las ramas de las fuerzas armadas e incluso a la Guardia Nacional637. En segundo lugar, el comando de esta expedición estaba conformado por una galería de personajes a los que la guerra había sacado del anonimato. Obviando el caso de Patricio Lynch, la lista incluye a veteranos de la Guerra de Arauco, como Francisco Muñoz Bezanilla y Juan León García; a ingenieros militares y civiles, como Federico Stuven y Manuel J. Soffia; al abogado Daniel Carrasco Albano, quien había prestado asesoría legal a Patricio Lynch en Tarapacá; a Eloy Caviedes, el flamante corresponsal de El Mercurio de Valparaíso e incluso a un sacerdote, el capellán Juan Labra638. Como vemos, esta especie de avanzada político-militar e ideológico-espiritual, configuraba un verdadero mosaico de todas esas fuerzas sociales que participaban desde el 14 de febrero de 1879 en el proceso de ocupación de los países del norte639. Asimismo y aun cuando esta expedición respondió a un objetivo estratégico específico, a saber, acosar al enemigo desde los márgenes, pareció responder por momentos a una lógica totalmente distinta. Se trataba simplemente de llevar «consternación y espanto» a la costa del norte peruano, infligir dolor y provocar destrucción sin más objetivo que la catarsis. Así lo graficó Ramón Pacheco en El Veintiuno de Mayo, cuando señalaba que la expedición a los departamentos más ricos de la costa peruana constituía el castigo que Chile infringía a los peruanos simplemente por su obstinación. En lugar de recibir el trato que normalmente se dispensaba al guerrero valiente, los insensatos del Rímac solo se habían hecho merecedores de la camisa de fuerza y los azotes que permiten volver en razón, no existiendo más opción que «inferirles heridas» y hacerles sentir un «punzante dolor»640. Sin embargo, para el comandante e ideólogo de esta avanzada, destinada a distribuir en el territorio enemigo una parte de las consecuencias materiales del poderío chileno, no había nada de lo cual sorprenderse, toda vez que esta era una práctica comúnmente observada entre «las naciones civilizadas» del mundo641. 330

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