Guerreros civilizadores

Moneda debió enfrentar en 1876 y que Soffía describió como «difícil, con crisis, con pobreza y con un horizonte cubierto de nubarrones»31. El futuro jefe político militar de Tacna hablaba con conocimiento de causa. Durante su gestión como intendente del Maule él fue testigo de la precariedad de un Estado incapaz de proveerle del armamento necesario para luchar contra la delincuencia que asolaba las provincias bajo su cargo32. La correspondencia cursada entre Lorenzo Claro y Aníbal Pinto en diciembre de 1878 muestra, por otro lado, los peligros de una estrategia que pretendía remontar la crisis política y económica doméstica mediante el recurso «salvador» de una guerra internacional. Porque si la derrota apuntaba a «la ruina del país por dos generaciones», la victoria marcaría el inicio de una permanente hostilidad con dos vecinos no solo sometidos sino totalmente «arruinados»33. La temeraria empresa consistía en jugarse a una carta «toda la bolsa»34 de una república cuyo erario se hallaba por esa fecha en los límites de la indigencia35. Cabe recordar que Antonio Varas mostró, incluso, serias dudas respecto al triunfo nacional debido a la existencia de un orden político interno «muy difícil» de «calcular». Lo que el ex ministro de Manuel Montt verdaderamente temía era el espíritu de facción que reinaba en el Congreso de la república el que, según sus predicciones, no actuaría en concordancia con los intereses del país36. A pesar de las recomendaciones de Lorenzo Claro, quien pronosticó que lo que se avecinaba para Chile era una situación análoga a la de Alemania en presencia de Francia, es decir la imposición de grandes sacrificios a la nación con el único objeto de conservar el resultado de un triunfo precario y de la gran preocupación de Varas —muy similar a la expresada inicialmente por el propio presidente Pinto— la apuesta bélica se fortaleció y encontró su legitimidad y su dinamismo en las múltiples manifestaciones patrióticas que, como analizaremos con detenimiento en el próximo capítulo, se sucedieron a lo largo y ancho del país. El embanderamiento permanente de casas y de negocios, la organización de bailes, de veladas musicales y la puesta en escena de numerosas obras teatrales con la finalidad de recaudar fondos para los expedicionarios, los desfiles con luces de bengalas, antorchas y cohetes alrededor de las principales plazas provincianas, la organización de comisiones de señoras a cargo de bazares y de la provisión de hilas, vendajes y otros útiles indispensables para el servicio de las ambulancias, la formación de brigadas cívicas en cada intendencia e incluso el desfile de niños muestran como en el otoño de 33

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