metálica y empezó a circular el oro, disminuyeron la criminalidad y el robo que lo azotaban y se estimuló el accionar de un ejército sumido en la abulia. Sin embargo, el gran beneficio de la guerra estaba aún por llegar. La pequeña nación sudamericana que se encontraba «mal en su agricultura, mal en sus minas y peor en casi todas sus industrias» muy pronto recibiría salitre, guano y minerales, además de doce millones sonantes como indemnización de guerra27. Es dentro de una tendencia pendular en la cual la guerra es vista como riesgo pero también como una inigualable oportunidad de remontar esa crisis estructural, analizada brillantemente por Luis Ortega (2005), que debemos incorporar el rescate de una vieja conseja por parte de un colaborador de El Taller. El «no hay mal que por bien no venga» del aludido redactor sirvió para justificar un conflicto que, de acuerdo a sus palabras, era el medio más adecuado para resolver una serie de problemas que afrontaba Chile, entre ellos su espinosa «cuestión social»28. Cuando en 1880 Isidoro Errázuriz manifestó ante el Congreso de la República el hecho de que la guerra además de ser un excelente «negocio» para quienes la declararon tuvo también un rol preeminente en la «salvación» nacional, el político confirmó todos los vaticinios desarrollistas a los que nos hemos venido refiriendo. La conflagración con Bolivia y Perú llegó a Chile en el momento de la postración más absoluta, cuando la carencia de trabajo provocó hambre, desesperación e incluso la multiplicación del crimen entre sus habitantes29. En ese contexto, la riqueza peruana e incluso parte de su infraestructura fue determinante en el despegue económico de Chile. Después de pedir ante el congreso de la república que se embarcasen los rieles de los ferrocarriles peruanos para tenderlos entre Parral y Cauquenes, Errázuriz admitió que la ocupación del Perú remedió en parte la situación del erario chileno. En efecto, las aduanas peruanas que producían entre cinco y seis millones de pesos eran una fuente extraordinaria de riqueza para la hasta hacía poco empobrecida república sureña. La guerra transformó al país, abriendo un área inmensa para el empresariado nacional, y reavivó, por añadidura, la vitalidad de la república30. A una conclusión similar llegó Manuel Soffia, quien desde el puerto del Callao, ocupado por las fuerzas expedicionarias, le escribió a Pinto señalando cómo el desafío «colosal» de la guerra tuvo estupendos resultados para el país ganador. El aumento de sus industrias y la prosperidad de su comercio y de su riqueza pública y privada daban cuenta de una situación diametralmente opuesta a esa otra que el inquilino de La 32
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