Guerreros civilizadores

al que ansiaba incorporarse624. Al dilema de unas burocracias «trabadas» por principios que habían sido plenamente aceptados en convenios internacionales, se añadía el «compromiso moral» del Estado con las reglas establecidas en el Congreso de París de 1856, al que hizo alguna vez alusión Andrés Bello. Más allá de las cuestiones jurídicas que tanto perturbaron no solo a Varas sino a otros servidores del Estado beligerante el principal dilema del fundador del Partido Nacional se relaciona a su constante preocupación respecto a la vulnerabilidad de Chile. En el escenario de la política internacional las decisiones tomadas por los voceros de países periféricos no constituían argumento suficiente para protegerlas de reclamaciones ulteriores. Respetar los dictámenes del «derecho internacional positivo»625 era para Varas la única manera de confrontar las quejas de los neutrales y evitar el desprestigio de su patria ante «el mundo civilizado». En esa misma línea de argumentación Domingo Santa María señaló luego de la ocupación de Iquique, que en la medida en que Chile restableciera el servicio portuario y «el orden y la seguridad» de dicho enclave salitrero, la república sudamericana incrementaría su poder, atrayendo hacia su causa la simpatía de las casas comerciales extranjeras626. El mayor reto era probar de manera práctica el grado de civilización alcanzado por la antigua capitanía general. Dentro de un contexto en el que el reconocimiento internacional era un elemento clave para legitimar una posesión de facto resultaba imprescindible contrastar los avances de Chile con el atraso de sus enemigos. Un editorial publicado en El Ferrocarril de Santiago con motivo de la toma de Antofagasta sintetiza de manera notable «la utopía civilizadora» que Chile se propuso cristalizar en la frontera norte con la finalidad de obtener arraigo político, recursos económicos y legitimidad para su causa. La administración chilena del litoral —opinaba el editorialista del diario santiaguino— tenía la obligación de contrastarse con la boliviana. Las naciones que observaban lo que acontecía en el Pacífico Sur debían ver «prácticamente» demostradas las ventajas de «la sustitución de una administración por otra y el desarrollo progresivo y ascendente de esos territorios» a la sombra de las instituciones chilenas627. La tarea era obviamente muy complicada. El gran problema, de acuerdo al mismo Santa María, era que el Estado chileno carecía de recursos para «atender los gastos» que ese tipo de comportamiento «civilizado» usualmente demandaba628. 326

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