Tal como ocurrió en Antofagasta, uno de los primeros objetivos de los expedicionarios fue el edificio de la prefectura de Iquique. Ese era el espacio simbólico de aquel Estado cuyas funciones políticas las vanguardias chilenas estaban dispuestas a asumir —allí funcionaba, por ejemplo, la Oficina de Aduana— y, más importante todavía, era el recinto donde permanecían cautivos los 49 sobrevivientes del mítico combate donde se inmoló Arturo Prat. Luego del inmediato traslado de los rescatados al navío Cochrane, una segunda avanzada de 120 hombres se dirigió al puerto. Este destacamento estaba a cargo del capitán de corbeta Miguel Gaona, a quien le fueron entregados todas las oficinas, archivos y papeles fiscales de la ciudad. Los expedicionarios ocuparon rápidamente los cuarteles militares, de policía y la Oficina de Aduana. A las ocho y media de la noche la Covadonga enrumbó a Pisagua para comunicar la buena nueva de la toma del importante puerto peruano y a las tres y media de la tarde del día siguiente fondeaban en su bahía el Abtao y el Itata. En el primero arribaron el ministro de Guerra en campaña, Rafael Sotomayor y el general Manuel Baquedano, quienes tomaron medidas inmediatas para asegurar la tranquilidad de la población, especialmente de los comerciantes extranjeros. En el segundo fueron transportados los miembros de un batallón del regimiento Esmeralda, encargado del resguardo de la ciudad. En la proclama que Rafael Sotomayor pronunció frente a los «habitantes de Iquique», se anunciaba que desde el 23 de noviembre el puerto se encontraba a la sombra de la bandera chilena y bajo el control de sus autoridades, las que asumían el compromiso del resguardo de todas las garantías individuales. Ello significaba, entre otras cosas, que «bajo la fe de la palabra del gobierno de Chile» las actividades comerciales se encontraban protegidas. El país —agregaba Sotomayor— tenía una especial relación con los «laboriosos extranjeros», agentes claves en la construcción de esa «larga paz interna, prosperidad, riqueza y vitalidad» que lo caracterizaba. Como era de esperar, Sotomayor culminó su oportuna proclama recomendando a los habitantes el retorno a sus labores cotidianas, es decir, a la actividad comercial, el «lazo más sólido de unión entre los pueblos cultos» (Fernández Larraín; Izquierdo Araya & Fuenzalida Bade, 1979, p. 480). Para cumplir con la palabra empeñada a nombre del Estado chileno, el representante oficial del presidente Pinto organizó una nueva estructura de poder local encabezada por Patricio Lynch, nombrado primer jefe político-militar de la zona. 323
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