iba adquiriendo la zona bajo su mando. Y tampoco para solicitar lo que a su juicio era imprescindible. En el caso de Pisagua, decía, su preeminencia estaba relacionada con el desarrollo de la industria salitrera. El aumento de la población local y departamental como consecuencia de la expansión comercial, el que el gobierno central hubiera fijado ahí el asiento de la autoridad y de la administración, el establecimiento de las contribuciones que gravaban ese antiguo concejo departamental y la necesidad de administrar eficientemente los dineros de ese fondo, lo impulsaban a solicitar la creación de una corporación municipal capaz de compartir con la gobernación las labores administrativas. En un departamento donde parecía urgente crear todo desde las bases, con la finalidad de «cimentarlo» en «consonancia» con el sistema administrativo y político de Chile, parecía «impostergable» contar con una corporación municipal dedicada exclusivamente «al mejoramiento local». Aun cuando su propuesta —más tarde sintetizada en su libro Descripción jeneral del departamento de Pisagua— era reflejo de un estudio ajustado a las exigencias de una moderna administración, Cañas Pinochet no hablaba únicamente desde la formalidad (Cañas Pinochet, 1884). En su relación aludía constantemente al puerto de Iquique, espacio que identificó como indiscutible modelo a considerar para la reforma de su gobernación612. El importante puerto peruano de Iquique fue sometido al control del Estado chileno tras el decisivo lapso enmarcado entre el combate de Angamos —8 de octubre— y las batallas de Pisagua y Dolores —2 y 19 de noviembre de 1879—. Como es sabido, la destrucción del poder naval del Perú imprimió un nuevo ritmo a la guerra. A partir de aquel notable cambio en la correlación de fuerzas, Chile recién estuvo en condiciones de controlar de manera real las aguas del Pacífico y preparar así su operación sobre Tarapacá. Para cumplir este objetivo político-militar, un convoy de catorce vapores y un velero —custodiados por las naves Cochrane, Magallanes, O’Higgins y Covadonga— zarpó de Antofagasta el 28 de octubre. En el Amazonas, elevado al rango de buque insignia, viajaba Manuel Thompson acompañado por el ministro de Guerra y Marina, el general en jefe del Ejército y el jefe del Estado Mayor. Patricio Lynch, a bordo del Itata, era la persona encargada de la logística en esta complicada operación anfibia, cuya tropa expedicionaria ascendía a 9500 hombres sumando jefes y oficiales. Aquella «conquista preciosa» iniciada en Pisagua y cuyo paradojal epílogo fue la derrota del ejército chileno en el 321
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