dimensiones inéditas, ese hombre callado y discreto, que exhibió entre sus logros la membrecía de número de la Facultad de Filosofía y Humanidades, fue caricaturizado como un orangután incapaz de resolver adecuadamente los problemas limítrofes con Argentina24. La devaluada imagen de Pinto, a quien Vicuña Mackenna, uno de sus más encarnizados enemigos, describió como una suerte de autista incapaz de emoción alguna, no ha permitido que entendamos en toda su complejidad la estrategia política del Estado que el antiguo intendente de Concepción lideró durante la primera fase de la guerra. Un estudio detallado de la relación que Pinto sostuvo con sus adjuntos, en especial con su alter ego, el presidente en campaña Rafael Sotomayor, y también con su súper ministro Santa María, permite descubrir que si bien el centro neurálgico del Estado chileno se mantuvo en La Moneda, su operatividad y su poder dependieron de su capacidad de desdoblarse a través de la labor eficiente de sus emisarios. Lo que en realidad se ensayó entre 1879 y 1881 fue una suerte de apresurada descentralización mediante el traslado de las vanguardias estatales a los márgenes, primero a Valparaíso, luego a Antofagasta, Tarapacá y finalmente a Lima. De esa manera el Estado guerrero, comandado inicialmente por Pinto y luego por Santa María, logró culminar en la ocupación del Perú, esa larga búsqueda de la tan ansiada independencia, tanto a nivel de autonomía económica, de monopolio de la violencia y de gestión política25. La guerra contra Bolivia y el Perú era una excelente ocasión para replantear el rol de un gobierno debilitado por los embates de una crisis política y económica inédita en la historia nacional. En agosto de 1879 uno de los editoriales de El Moscardón, periódico publicado en el puerto de Valparaíso, recordó el «desquiciamiento» que se vivió en Chile durante la administración Pinto, cuando el presidente fue acosado por las «pasiones de círculo», la «discordia», la «anarquía» y el «vandalismo». En medio de una situación dramática, la república sudamericana recibió a un «genio salvador» llamado guerra, la que, paradójicamente, significó su «despertar», su vuelta a la «cordura» y el principio de su «regeneración»26. En «Gracias al Perú», un editorial publicado en El Barbero, su autor aludió a «los milagros» que el estallido de la guerra derramó sobre la sociedad chilena, en especial en su maltrecha hacienda. A raíz del conflicto trinacional, Chile, al cual como consecuencia de su entrada en la guerra se le auguraba una «alborada de un nuevo día de brillante esplendor», duplicó la exportación de trigo, harinas y metales. En el país desapareció la crisis 31
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