Guerreros civilizadores

Para los delegados del Estado chileno, como fue el caso de Joaquín Cortés, solo el empuje de la república en la frontera norte lograría transformar de manera radical el territorio recientemente incorporado. Habiendo estudiando la topografía de Atacama y recorrido personalmente los caminos que la conectaban con Argentina y Bolivia, Cortés llegó al convencimiento de que ese espacio entrañaba un gran potencial económico. De hecho, el encargado de evaluar la zona no ahorró palabras en su informe para describir la producción de vegetales —duraznos, peras, uvas, manzanas, guindas, hortalizas de todas clases— y menos todavía para la enumerar los recursos hídricos de la antigua región boliviana. Amplios horizontes, pensaba, se le abrían ahora que estaba bajo el control de Chile, pues cada uno de esos recursos sería trabajado por manos «más industriosas y trabajadoras» que las de sus antiguos propietarios. Casi como complemento de lo anterior, el burócrata señaló que Atacama necesitaba con urgencia una fuerza de policía capaz de guardar el orden y moralizar a una «población embrionaria», población a la que conocía directamente. En efecto, luego de arribar a la zona donde habitaban los indios tributarios, fue el mismo Cortés quien les notificó que desde el 14 de febrero no solo estaban exentos de toda contribución sino que además habían adquirido la categoría de ciudadanos de la República de Chile, gozando, por consiguiente, de «todas las garantías que esa nación otorgaba a sus hijos». Y aun cuando desconfiaba del carácter «veleidoso y traicionero» de la población indígena, los ayudó a organizar el suministro de agua y los persuadió para que ellos mismos nombraran sus jueces y celadores respectivos. En las consideraciones finales del informe remitido a Santiago, Cortés se lamentaba de que una región como Atacama —a su juicio uno de «los puntos de mayor importancia del territorio reivindicado», tanto por su potencial agrícola y ganadero como por su producción mineral, hubieran estado en manos de gente tan negligente y atrasada como la boliviana. Sin embargo, confiaba que una vez terminada la guerra florecerían ahí «poblaciones industriosas y de mucha importancia» como nunca antes habían existido. Pero ello solo comenzaría a ser posible cuando el gobierno dotara a Atacama de autoridades civiles. Esta era una necesidad imperiosa en todos los pueblos, pero en especial en aquellos que recién se integraban al «mundo civilizado»602. Otro documento inscrito en una dirección similar es el «Informe sobre la frontera norte de Chile», enviado por J. Velásquez al ministro de Relaciones Exteriores, Demetrio Lastarria. En estas páginas, el funcionario 316

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