Guerreros civilizadores

se propuso desbaratar la vieja idea de que la quebrada de Camarones, que se encontraba en Tacna, un valle con el clima más bello y benigno de todo el Perú, era la mejor frontera militar de Chile. Al elegir la frontera en el valle de Tacna, el límite podía fijarse incluso en Locumba. Velásquez era de la opinión de que Tarapacá poseía una vida artificial, debido a que la improductividad de su suelo imposibilitaba alimentar a sus habitantes, quienes se abastecían de productos chilenos. Para defender un departamento considerado dentro de la esfera de influencia de Chile era necesario que este país dominase el mar y en especial el «rico y productivo departamento de Tacna y Arica». Pronosticaba que la vida de Tarapacá sería imposible sin la existencia de ambos lugares, correspondiéndole al puerto—una «verdadera fortaleza»—ejercitar su defensa. Dentro de ese esquema, Tacna debía ser «el cerebro» de los territorios ocupados. Dejando el aspecto meramente militar, Chile confesaba que no tenía otro anhelo que el que le daba su apuesta por el trabajo, el comercio y la civilización. La variedad y sorprendente riqueza de los productos de Tacna, sus ferrocarriles, industria y capitales, la convertían en «la única frontera digna, permanente y aceptable que «el dedo justiciero de Dios había marcado para los hijos de Chile»603. Unos años antes Ricardo Castro le envió un informe similar al presidente Pinto desde Antofagasta, en donde además de reportarle la creación de una escuela para niños y participarle de la construcción de un camino a Caracoles le aseguró que el antiguo territorio boliviano estaba llamado a convertirse en un «departamento muy productivo» por su extensión de terrenos planos y de fácil regadío y por los diversos minerales de varias especies que guardaban esas tierras antes sumidas en el más absoluto «caos»604. «El deber de Antofagasta», artículo publicado en El Pueblo Chileno, es quizás el que traduce con mayor precisión los alcances de esa ideología civilizadora que sirvió de justificación a la ocupación organizada del litoral boliviano, a la penetración en Tarapacá donde incluso Chile pudo acceder al sustento arqueológico que le permitió conectarse con un pasado milenario (Gänger, 2009). Fueron compatriotas chilenos, señalaba el suelto periodístico, quienes levantaron en el desierto la ciudad ahora en disputa. Los montones de arena fueron sustituidos por calles, el silencio fue reemplazado por el ruido del martillo y el silbato de la locomotora, mientras las nubes de polvo fueron seguidas por el humo de la industria. Ese «páramo» que era la Antofagasta del pasado, fue convertido por los «soldados del trabajo» chilenos y extranjeros en un «pueblo importante». 317

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