Guerreros civilizadores

peruanos, decía un articulista de El Pueblo Chileno, no satisfechos con esquilmar sus recursos atendiendo a los gastos de una vida «sibarítica y ociosa», empujaban ahora a Bolivia a declarar la guerra a Chile. Frente a este panorama, la república del sur no tenía otra misión que destruir los gobiernos aliados para liberar, de esa forma, a sus «tribus desgraciadas»599. La retórica nacionalista en clave republicana predicaba, obviamente, la superioridad racial de Chile. Así, de la mano con la afirmación del predominio de lo civilizado sobre lo bárbaro iba otra importante noción: la necesidad de que las razas puras sometan a las impuras. El racismo no era novedoso en el pensamiento nacionalista chileno. En 1869 durante una sesión del Congreso en la que se discutía la suerte de los araucanos (paradójicamente los antiguos símbolos de la joven nación chilena), Benjamín Vicuña Mackenna defendió su argumento de la conquista violenta del Arauco argumentando que «según el derecho de gentes, la conquista de los pueblos bárbaros, ociosos y vagabundos era perfectamente legítima» (Vicuña Mackenna, 1939, I, p. 431). Simon Collier ha subrayado, sin embargo, la relación ambigua que sostuvo la élite intelectual chilena con su población indígena. La admiración ante la defensa de la libertad, por parte del indio, se entremezcló con un profundo desprecio al estado de atraso y de salvajismo que prevalecía en la frontera sur. La cruzada civilizatoria, que adquirió un gran auge en Chile de mediados del siglo XIX en adelante, se sirvió de diversas estrategias, desde la guerra a muerte contra los indios rebeldes hasta la cristianización forzada, pasando por la instalación en territorio mapuche de colonias de inmigrantes capaces de establecer los valores de la civilización occidental (Collier, 2005, pp. 214-219). El advenimiento de la Guerra del Pacífico obligó a replantear la vieja idea que presentaba al indígena como el malhechor salvaje cuya única ocupación era incendiar propiedades y matar a seres indefensos600 y retornar a la noción surgida al fragor de las guerras de independencia, la de «la república de Arauco». Como consecuencia de la llegada a Santiago de las parcialidades araucanas para enrolarse en el ejército expedicionario, el indio salvaje mutó en soldado de la patria, ejemplo de coraje y de superioridad militar. Esta actualización de la primera imagen de los araucanos, descritos por Camilo Henríquez como preclaros representantes de los valores republicanos (Collier, 1977b, p. 200), fue de la mano con la elaboración de una peculiar noción respecto a «la raza chilena». En 1882 el bibliógrafo José Toribio Medina afirmó que las cualidades de tenacidad 314

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