armas de Chile, Emilio Sotomayor. Lo ocurrido en Calama mostraba, sin embargo, cómo el proceso iniciado en Antofagasta iba mutando de «posesión del territorio como medio de hostilidad o recurso estratégico» a irrupción sobre «la soberanía inmanente del territorio enemigo». El mecanismo no podía ser más claro: Chile ocupaba «en lo civil» las «plazas» tomadas y luego abolía las leyes nacionales sustituyéndolas por las propias. Hechos de tal naturaleza hacían evidente lo que para Seguín resultaba obvio: «la guerra era de conquista». Y esto podía confirmarse observando todos los «actos oficiales» referidos a los pueblos recientemente guarnecidos en el litoral por las fuerzas chilenas (Ahumada, 1982, III-IV, p. 17). La prensa, desde luego, también contribuyó con sus armas a este proceso de legitimación ideológica impulsado tras la ocupación. Y a veces de manera muy directa. Todavía no transcurría una semana desde la toma de Antofagasta cuando un editorial de El Ferrocarril diagnosticaba que el territorio recién ocupado requería tanto de una «administración severa» como «de un régimen de moralidad». Frente a la «increíble torpeza administrativa» del gobierno de Bolivia —se decía en otra edición— el mayor objetivo para la administración chilena era que sus actos «contrastaran» lo antes posible con las prácticas preexistentes. En otras palabras, las naciones que observaban la actuación de Chile debían ser convencidas de manera práctica de las ventajas que traía consigo la sustitución de una administración por otra, siendo para ello clave el «desarrollo progresivo y ascendente» de los territorios ocupados «a la sombra» de las instituciones chilenas. Dentro de ese contexto, la seguridad provista por las tropas de ocupación sería un estímulo para «el espíritu de empresa» nacional pero especialmente internacional. Asimismo, la regularidad del nuevo régimen fiscal y administrativo y la confianza que de ahí en adelante los habitantes podían depositar en el servicio municipal, generaban las condiciones propicias para «transformar la vitalidad» del atrasado territorio boliviano y aprovechar las fuentes de riqueza que la zona aún escondía en su seno597. Si bien ya presentes en las primeras intervenciones periodísticas a las que nos hemos referido previamente, el perfil decadente del Perú y el barbarismo de Bolivia se convertirán en temas recurrentes tras la declaratoria de guerra del 5 de abril de 1879. Ahora, con más fuerza que antes, el propósito fundamental de periodismo chileno era validar el accionar «civilizador» de los expedicionarios en la frontera598. Los 313
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