donde las labores de enganche mantuvieron ocupados tanto al intendente como a los enviados del gobierno582. Resulta casi imposible comprender los alcances de este «revitalizado engarce» entre el gobierno central y las intendencias sin hacer mención al telégrafo, cuyo protagonismo en la guerra resultó a todas luces decisivo. Sus «alambres eléctricos», se dijo en el momento, formaron parte «del corazón del pueblo chileno», que vivió suspendido a sus «sonidos y a sus palpitaciones como a un centro de vida» (Vicuña Mackenna, 1883-1885, I, p. 75). Retratado como ese «fluido misterioso» que transmitía «victorias y dolores» a lo largo del país, el telégrafo facilitó además la integración política efectiva entre el viejo Chile, aquel que había decidido ir a la guerra, y «el nuevo Chile», aquel que lentamente se iba configurando con su desarrollo583. De hecho, en el decreto emitido por el ministro de Guerra, Cornelio Saavedra, con ocasión de la toma de Antofagasta el 14 de febrero de 1879, quedó en evidencia lo «necesario y urgente» que resultaba la instalación del telégrafo para poner a Antofagasta en comunicación con las demás poblaciones y puertos intermedios de la república. Siguiendo esa directriz, el mismo Eulogio Altamirano participó en el nombramiento de una comisión encargada de solicitar el apoyo de comerciantes y vecinos de Valparaíso para el establecimiento de un cable telegráfico que uniera a la zona recientemente «reivindicada»584. Así como este episodio —y los que siguieron a la toma de Antofagasta— revelan los ambiciosos alcances del proceso de construcción estatal en el que se embarcaron las vanguardias político-militares chilenas que operaban desde Valparaíso, la manera como se fueron conformando los gobiernos locales de facto constituye una prueba tangible de que Altamirano estaba en lo correcto cuando señalaba a Pinto que era en el norte donde los decretos del gobierno sí tenían efectos inmediatos585. Sin embargo, aunque el tipo de organización estatal puesto en marcha resultó efectivo en aspectos como la comunicación directa con las intendencias y los territorios recién «integrados», no conviene perder de vista que este protagonismo exclusivo tendió a diluirse en otros escenarios. Así al menos lo demuestran las tres grandes etapas que antecedieron a la ocupación de Lima: la «reivindicación» del territorio boliviano y su litoral, la toma de la provincia de Tarapacá y la «expedición de merodeo» sobre los departamentos de la costa peruana encabezada por el capitán de navío y jefe político militar de Tarapacá, Patricio Lynch. Lejos de lo presupuestado, fueron los actores involucrados en cada una de estas fases 304
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