Isidoro Errázuriz, Máximo Lira y Benjamín Vicuña Mackenna— hicieron del puerto un improvisado escenario para sus discursos. Precisamente estos hombres asumieron la tarea de despedir a los miles de soldados que se embarcaban rumbo al teatro de la guerra y fueron ellos mismos los encargados de encender las multitudinarias ceremonias patrióticas que tuvieron lugar en la ciudad con ocasión, por ejemplo, del anclaje del monitor Huáscar luego del Combate de Angamos. A través de estas figuras los porteños reafirmaban la sensación de haberse convertido en la «primera ciudad de la República», teniendo el honor de organizar minuciosamente los esfuerzos bélicos que tenían como principal escenario el Pacífico Sur. Centro político, eje económico y crisol simbólico, Valparaíso fue también el sitio donde se modeló la «maquinaria destructiva» del Estado chileno. Este esfuerzo, que demandó de un aprendizaje lento y no exento de errores, tuvo como resultado un necesario refinamiento al interior del ejército y la armada nacional. No es una mera coincidencia que los principales «señores de la guerra», como Patricio Lynch y Galvarino Riveros, adquirieran gran parte de sus habilidades administrativas sirviendo en el primer puerto de la república. La experiencia de Lynch, por ejemplo, se remonta a junio de 1867, cuando asume el cargo de gobernador marítimo de la zona. Años más tarde, ya iniciada la guerra, reanudará sus vínculos con el puerto desde su plaza en la Comandancia General de Transportes. Su trayectoria es semejante a la de Riveros, vencedor en Angamos, quien también ejerció el cargo de gobernador marítimo antes de participar activamente en la Guerra del Pacífico. El tipo de relación que el gobierno central estableció con Valparaíso — donde el presidente de la república viajaba regularmente junto a sus ministros con la finalidad de pasar revista a la tropa y conferenciar con el comando político-militar de la campaña— se repitió en otras intendencias. Si bien a menor escala, algunas unidades administrativas experimentaron un notorio despertar económico y un movimiento de hombres y recursos importante. Así sucedió en Coquimbo, por ejemplo, cuyo intendente no perdió oportunidad para hacer gala de sus «buenos y cómodos muelles» y sus «abundantes depósitos de carbón de piedra» en cada una de sus comunicaciones con el gobierno central. Lo mismo ocurrió en Linares, donde, como hemos señalado en el segundo capítulo, la guerra incrementó las tareas burocráticas de los encargados de emitir licencias y atender a los deudos de los soldados; también en Curicó, como importante proveedor de caballos y de «afrecho ensacado» para el norte; e incluso en el Maule, 303
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