cambios en la fisiología del Estado, los cuales redundarán más adelante en un nuevo tipo de manejo de la política interna. El mismo Eulogio Altamirano, de cuya labor política dimos cuenta en el primer capítulo y al cual regresaremos en el siguiente, fue uno de los primeros en poner en evidencia los riesgos a los que se exponía el gobierno limitándose a operar desde Santiago, donde tanto el Congreso como la prensa obstaculizaban sus iniciativas bélicas. La larga experiencia de Altamirano como funcionario público le hizo ver con claridad que el epicentro político y económico de la guerra, el verdadero motor del enfrentamiento internacional, se localizaba en Valparaíso. Es precisamente esta convicción y su aguda lectura política de lo que estaba aconteciendo lo que explica su negativa ante la invitación del presidente Pinto para que regrese a la capital a formar parte del nuevo ministerio que estaba organizando luego de la caída del gabinete Prats. Según la excusa de Altamirano, «el gran movimiento de la campaña» estaba en Valparaíso y en ese lugar sus servicios al Estado como intendente podían llegar a ser doblemente valiosos. La idea de volver a ser ministro simplemente «lo mataba». ¿Existía alguna ventaja —se preguntaba— en dejar un «puesto de actividad por uno de completa calma»? Basta únicamente recorrer su correspondencia con Aníbal Pinto y Antonio Varas para convencerse de la febril actividad que experimentó Valparaíso como consecuencia de la declaratoria de guerra y del interés con que este hombre trató de llevar el pulso del conflicto579. Bautizado como «el corazón de Chile», Valparaíso llegó a convertirse en la estratégica plaza de enlace para las autoridades de gobierno y las vanguardias que partían al frente norte a cumplir sus designios políticomilitares. Ello explica que la sede de la Intendencia General del Ejército y la Armada —ente creado el 5 de mayo de 1879 con la finalidad de administrar la adquisición, recepción, despacho y distribución de pertrechos militares— estuviera localizada precisamente en esta ciudad portuaria580. Especialmente a partir del verano de 1879, el puerto congregó a burócratas de la talla de Altamirano, a los mandos intermedios encargados de la compleja logística impuesta por la campaña y por supuesto a aquellos «mercaderes» que tantas críticas recibieron por parte de la prensa local581. Pero Valparaíso no solo fue el centro administrativo de los «negocios de la guerra». Con similar celeridad fue convirtiéndose en el «crisol simbólico» de la nación, al punto que un piquete de los más ilustres oradores de la época —entre los que destacan nuestros conocidos 302
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