Guerreros civilizadores

naturaleza de una república sudamericana que se expande no solo económica, sino política, ideológica y, como lo prueba el trabajo de Stefanie Gänger, incluso a nivel de su arqueología? (Gänger, 2009). La noción de que la guerra colabora en el desarrollo institucional del Estado es un asunto plenamente aceptado por sociólogos e historiadores. Charles Tilly, quien acuñó la frase «los Estados hacen las guerras y las guerras hacen a los Estados», ha establecido una sugerente analogía entre la guerra, la construcción estatal y el crimen organizado (Tilly, 1985). En esa misma línea de argumentación, Geoffrey Best sostiene que los Estados se distinguen unos de otros por su habilidad de pelear o protegerse contra los peligros externos: son antes que todo contendientes en guerras, y su desarrollo debe entenderse en el contexto del conflicto geopolítico y la competencia. Es por ello que las guerras condicionan su fisonomía desde sus estructuras de autoridad, sus capacidades administrativas, su legitimidad e incluso sus estrategias de inclusión; factores que por separado —y en conjunto— determinan la manera en que se enfrentan575. Peter Onuf ha explorado la sorprendente interacción entre la ideología republicana, la política de los grupos de interés y el oeste en el proyecto político estadounidense de la década de 1780. Para Onuf, aquel republicanismo comercial expresado bajo el concepto de desarrollo, encontró su momento culminante en la conquista del «Far West», cuyo territorio, como bien sabemos, fue arrancado a México. El mito de la frontera en permanente expansión, suerte de utopía mesocrática de corte democratizador, le habría permitido a Estados Unidos escapar del inevitable ciclo de decadencia y corrupción al que, de acuerdo a sus teóricos, estaba condenada la antigua colonia británica576. Chile, al igual que los Estados Unidos de América, resolvió los dilemas y las contradicciones del republicanismo mediante la expansión fronteriza, proceso que ocurrió tanto a nivel político como económico e incluso ideológico y cultural. Cabe recordar que uno de los mayores desafíos del republicanismo clásico fue resguardar a la república del efecto corrosivo del tiempo, concebido como el verdadero enemigo del régimen y el responsable del caos y la inestabilidad. Así, frente a su carácter ineluctable, frente al elemento que en su marcha anunciaba el declive y la corrupción moral, se alzaba el antídoto de la expansión fronteriza, aquel conjuro pensado como horizonte de superación. En este sentido, además de posibilitar la reproducción del ideal fundacional del republicanismo —el de un perpetuo comienzo— el concepto de frontera colaboró también a 299

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