trabajaba seis horas ganaba ciento cincuenta pesos en plata sellada, un capitán del ejército que tenía obligación de levantarse con la diana y acostarse a las diez de la noche recibía 102 pesos «en pintados billetes» que el comercio limeño descontaba al diez por ciento de su valor. Para guardarse sus despreciados billetes el expedicionario debió atravesar desiertos, dormir a la intemperie, sufrir hambre, resistir la sed y exponer mil veces su vida en aras de la patria. Lo equitativo hubiera sido haber llenado las plazas de empleados de aduana, resguardo y demás posiciones burocráticas con los oficiales de los cuerpos que se disolvieron o con toda esa multitud de gloriosos mutilados que, de acuerdo a Keriost, estaban aptos para ejercer un puesto público en Lima. Paradójicamente, los que gozaron de los frutos de la conquista fueron aquellos que no supieron colgarse una espada o echarse al hombro un rifle y sí una buena dosis de pedantería para aceptar glorias baratas y titularse sin ningún empacho «conquistadores, héroes y vencedores»571. El asunto denunciado por Kerios tuvo amplia cobertura en la prensa. Las cartas que llegaban de Lima, escribió el editorialista del diario La Diócesis, hablaban de soldados enfermos y de otros reducidos a una «indigencia» que daba vergüenza. El Coquimbo, señalaba la nota, se encontraba en tal estado de miseria que no podía salir a la calles porque sus miembros se ruborizaban de verse con «el calzado hecho pedazos y con la ropa convertida en andrajos». Resultaba una verdadera paradoja que los veteranos que conquistaron Lima se encontrasen impagos mientras sumas considerables eran dilapidadas en pagar a empleados «superfluos». Mientras se concedían pensiones abundantes a los allegados de La Moneda, se negaba una ración de hambre a los «verdaderos servidores de la patria»572. Las críticas públicas y privadas frente a lo que se denominó «el pago de Chile» muestran cómo la ocupación del territorio enemigo abrió un nuevo escenario. Ahí lo que se requería era la presencia de un puñado de burócratas que, como veremos en los dos capítulos siguientes, estuviesen dispuestos a pelear una guerra política y cultural tanto en la zona «reivindicada» como en Lima. 290
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