Guerreros civilizadores

las multas, exhibía una larga trayectoria en la administración de la zona «reivindicada». En Pisagua fue «inspector de líquidos», lo mismo que en Ilo y en Tacna. Como jefe político militar de Arica, que era una ciudad muy importante, Valdivieso toleraba los «mil abusos» cometidos por los oficiales del ejército, quienes iban a la guerra no a luchar por la patria sino por «destinos y empeños»568. La moral del soldado sufrió por lo que fue percibido como un maltrato injusto. «No aspiramos títulos, pero tampoco podemos permitir que se nos mire con indiferencia» y se nombren jefes —«que no han pasado por otro sacrificio que el ceñirse la espada, para ser superiores»— a quienes «habían arrojado la levita para empuñar el fusil en defensa de la Patria». De esa manera un grupo de anónimos combatientes del Regimiento 3º de Línea alzó su voz de protesta contra el gobierno que, en sus palabras, los despreciaba, al nombrar como comandantes a personas incapaces de cumplir la función militar porque solo pretendían sacar ventajas económicas de la guerra569. Mientras algunos expedicionarios llegados a la última hora sacaban beneficios de sus estrenados puestos burocráticos y otros se quejaban amargamente de esa injusta situación, un sinnúmero de soldados y oficiales guardaban la esperanza de que la guerra terminase pronto. En noviembre de 1879 José Domingo Terán le escribió a su esposa para comunicarle que la guerra estaba por acabar y que él estaría muy pronto en Talca estrechándola entre sus brazos. «Como ves mi querida negrita nuestra suerte es muy grande y cada día será mucho mejor porque en pocos días más nos pasearemos por las plazas de Lima»570. El triunfo en la capital peruana, como bien sabemos, no fue el final de la campaña sino el inicio de otra guerra mucho más larga y complicada de la cual daremos cuenta en los capítulos siguientes. Es dentro de este contexto que cobran sentido los comentarios de Eduardo Keriost, quien manifestó su desazón ante el pago que recibían sus camaradas de armas acantonados en Lima. Keriost, secretario del Tribunal Militar chileno en la ciudad ocupada, comparaba los miserables salarios de los que durante dos años conquistaron glorias para Chile con las enormes cifras percibidas por los empleados públicos, quienes no tuvieron más trabajo que viajar comódamente en confortables camarotes para arrellanarse en las elegantes butacas y placenteras oficinas de palacio de gobierno y aduanas; lugares que las bayonetas del soldado y el sable del oficial habían dejado expeditas para que ejercieran sus funciones. Así, mientras un oficial de aduana que 289

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