familiares no lograron resguardarlo de los feroces embates de la prensa, de la oposición congresal e incluso de la agresión de sus propios aliados (Zegers, 1969, p. 13)19. Errázuriz, quien era conocido por su oportunismo, su frialdad y su cálculo político, no pudo elegir a alguien más diferente a él para jefaturar un Estado cuya necesidad primordial era fortalecerse de cara a una guerra internacional. Dotado de un temperamento ecuánime, recto y leal, incapaz del disimulo y la intriga, Pinto —quien a decir de sus opositores era un hombre «opaco», a través del cual su predecesor seguiría gobernando en La Moneda— era el menos indicado para operar en el mundo taimado de «la política veneciana» en la cual Errázuriz indudablemente brilló20. A Pinto se le reconocía su ilustración, su modestia y su ausencia de ostentación, valores que eran inherentes a un republicano de la vieja estirpe y que lo convertían en una suerte de arcaísmo viviente frente al pragmatismo, el desenfado, la ambición y el cinismo que caracterizó a la política de su época. La «rigidez espartana en sus convicciones filosóficas» era responsable de su desprecio por el histrionismo, de su amor por la sencillez y la austeridad. De ese rubor que lo encendía al hablar en público, lo que ayuda a entender el impacto que le causó enterarse de que La Moneda había decidido que él era la pieza clave de un juego de poder cuya dinámica negaba sus más íntimas convicciones republicanas21. Aníbal Pinto Al «acervo dinástico» de un apellido asociado a la fundación de la república y a la relativa independencia política frente a los círculos de los «faquires y santones» de los que Federico Errázuriz permanentemente desconfió, habría que añadir una valiosa razón que sin lugar a dudas jugó a 29
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx