Santa María, una guerra construida en base de propaganda —del «ruido aparatoso», banquetes y proclamaciones a los soldados como si se fueran a Maipo o volvieran de Ayacucho— estaba condenada al fracaso17. De acuerdo al editor de El Constituyente, quien escribió a escasos días de la declaratoria de guerra al Perú, la administración de una conflagración de la talla de la que se desató en 1879 no guardaba relación alguna con el ardor del periodismo y de los participantes en los mítines patrióticos, que no servían de «barómetro» bélico. Lo que contaba en realidad era la cantidad de «elementos destructivos» de los que disponía el Estado y su pericia para administrarlos de manera eficiente18. ¿Estaba en 1879 el Estado chileno preparado para superar los errores de 1864-1865, los cuales, de acuerdo a Velasco, eran el producto de una confianza excesiva en «la habilidad de los oradores» junto con una total indiferencia por «la elocuencia de los hechos»? (Velasco, 1871, p. 11). Creemos que aunque La Moneda tardó unos meses en organizar un comando político-militar eficiente, la respuesta es afirmativa. Una fórmula política que contó con el valioso concepto de una figura presidencial desdoblada y por ello itinerante; el soporte de un núcleo administrativo — cohesionado y a la vez flexible— y un puñado de operadores entrenados en el complejo arte de la política de facciones fuero decisivos para que los gobiernos de Pinto y de Santa María —del que nos ocuparemos en el último capítulo— llevasen a cabo la tarea que Pérez confió a la retórica. Una estrategia a todas luces equivocada que el Estado chileno no volvió a repetir en su enfrentamiento contra Bolivia y Perú. I. LEGADOS DEL ‘CHILE VIEJO’ Como un «extravío de la inconsciencia popular» definió Aníbal Pinto a la guerra que, a nombre de su gobierno, se vio forzado a declararle a Bolivia y el Perú entre febrero y abril de 1879 (Bulnes, 1911-1919, I, p. 140). Si nos atenemos a las opiniones de la época, el hombre a quien un golpe de destino colocó a la cabeza de uno de los más «espectaculares remezones de la existencia chilena del siglo XIX» no contaba ni con la personalidad ni con el soporte político para liderar a un Estado guerrero (Zegers, 1969, p. 31). El hecho de que el todopoderoso Federico Errázuriz lo eligiera como su sucesor, esgrimiendo el argumento de que su ministro de Guerra y Marina no representaba a ningún grupo de interés, dice mucho de la relativa debilidad de un hombre cuyos antecedentes intelectuales y 28
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