Guerreros civilizadores

justamente lo que esperaban todos sus amigos de parte del Congreso de la República564. La mayor preocupación de los combatientes era la indiferencia y el olvido de sus connacionales. «¡Que no olviden en Chile a las viudas y huérfanos de los que han caído como buenos; que la nación les de siquiera alimento!», escribió Diego Dublé Almeida a propósito de las batallas en Lima. El desvelo del oficial era fundamentalmente por los inválidos, ya que los empleos con «pingües sueldos» estaban yendo a manos de gente que no había sufrido los horrores de la guerra565. Comentando la situación del batallón Caupolicán luego de San Juan y Miraflores, Eduardo Keriost anotó que de las decenas de artesanos, solo unos cuantos que se enrolaron en el batallón capitalino regresaron a Santiago. Los que no volvieron quedaron en el desierto, en la cumbre del morro Salto del Fraile y al pie de las trincheras de Miraflores. «Ojalá — escribió Keriost— que el pueblo de Santiago no lo olvide» y que a su regreso pueda saludarlo «como saluda la madre al hijo del que ha estado separado tanto tiempo»566. Los abusos de los superiores y la corrupción de algunos malos funcionarios también fueron denunciados en la narrativa de guerra. En la carta escrita por Gadalmes López, el expedicionario embarcado en el Pisagua hizo evidente el comportamiento del comandante J. Manuel Campbell, un verdadero tirano según la descripción hecha por el subordinado. Ante la desobediencia de la tripulación de la nave que comandaba, Campbell había ordenado traer su espada y «recorrió furioso todo el buque dando de planazos y hachazos a todo el que encontraba a su paso, sin distinción, hiriendo malamente» a varios marineros. Estos, con la ayuda de algunos rifles «granjeados» en Chorrillos, resolvieron dispararle para amendrentarlo, iniciándose así «una Babilonia» de balazos de la cual no se salvaron ni siquiera los que trataban de permanecer ajenos a la trifulca567. Cristóbal de la Cruz denunció desde Arica el silencio que existía en torno a los crímenes que se cometían en el puerto nortino. Desde que Arica fue ocupada por los expedicionarios, los asesinatos entre comerciantes se sucedían día a día. Para de la Cruz el puerto era «una madriguera de bandidos de todas las nacionalidades» que fueron puestos en libertad a condición de servir en el ejército chileno. Preocupado por la falta de control por parte de los nuevos dueños de la ciudad, de la Cruz acusó al coronel Valdivieso de estar más preocupado de «sacar multas de la población» que de proteger a una población aterrorizada por la delincuencia y el crimen. Valdivieso, quien fue acusado de quedarse con 288

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx