desorganización del abastecimiento y de las consecuencias que ello estaba produciendo en el frente externo560. Los viejos sueños de los liberales y su lucha política fueron trasladados al campo de batalla. Al oficial Vicente Bianchi, un joven de treinta años que creyó formar parte de los «pelotones de liberales democráticos» que defendieron en su momento la libertad electoral, los días se le hacían «largos, larguísimos» mientras esperaba su entrada en combate. Creía que en el enfrentamiento armado podría «manifestar con hechos» lo que tantas veces predicó desde los balcones de una plaza provinciana. En su papel de ciudadano armado, Bianchi intentó emular a los héroes patrios pero por sobre todo buscó cubrir su nombre con la gloria y la inmortalidad. Fiel a su visión de una guerra que se peleaba con balas pero también con palabras, el miliciano envió diariamente su colaboración escrita a un periódico santiaguino. En una de sus numerosas cartas, Bianchi afirmó estar peleando una «guerra colosal» más importante incluso que la de la Independencia. Sin embargo, era la anarquía y la intriga las que se disputaban el mando en Santiago mientras los «desacalabros» se sucedían día a día en el teatro de operaciones. Se podía tolerar que en períodos de paz gobernase la «imbecilidad», pero en la guerra solo debía prevalecer la astucia y el valor sin los cuales la mortaja y la ruina serían el destino de Chile. Bianchi le invocaba a su correligionario Vicuña Mackenna a «gritar bien alto en el senado» con la finalidad de derretir «las estatuas de hielo» que por no vivir en carne propia la guerra la habían convertido en un tema secundario. Un gobierno preocupado únicamente en ganar elecciones había descuidado completamente los elementos bélicos que defendían el respeto que Chile debía tener en el exterior561. La narrativa de los cronistas soldados aborda de manera directa los aspectos sociales de la guerra, en especial la defensa de los derechos de todos aquellos que, como hemos anotado anteriormente, contribuían «con su sangre al bien de la patria»562. Algunas de estas pequeñas crónica son anónimas debido a que en su calidad de subalternos los soldados temían aparecer criticando a sus jefes y ser por ello perjudicados en sus ascensos563. Es así que «dieciocho soldados» le escribieron a Vicuña Mackenna solicitando un montepío a favor de la hija del sargento Polídoro Valdivieso, un compañero caído en Tarapacá. Los firmantes destacaban el heroísmo de Valdivieso, quien a pesar de sus graves heridas tomó el rifle de un camarada caído y aprovechó su último aliento a favor de la causa de Chile. Una conducta así merecía una recompensa tangible y eso era 287
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