Y. Pino Saavedra, p. 11). La descripción de un limeño hecha por Florentino Salinas en su diario puede ayudarnos a graficar está percepción femenina de los peruanos: «Un dandy limeño es una dama con pantalones, de trato almibarado y cabellera encrespada, que rara vez fuma por temor a oler a tabaco y ahumarse los dedos; que no bebe sino rossoli y emoliente de yerba buena. Las calles son para él un teatro y los salones escena... Hablad con una de estas criaturas, cuidando de ir suficientemente impregnado de almizcle y Agua de Imperio, para no serle repelente, y veréis que con su amabilidad, finos modales y cadencioso timbre de voz, parece querer enamoraros» (Salinas, F., 1893, p. 259). El mito que se construye sobre la ciudad derrotada e incluso donde incluso los hombres que la habitan son feminizados no puede ser más obvio. V. TIEMPO DE PROTESTA, TIEMPO DE POLÍTICA «¡Que historia de esta guerra si se escribiera con toda verdad!» escribió Máximo Lira en una de las tantas cartas que envió desde Ilo a su amiga Isabel Errázuriz. La imprevisión que reinaba en el teatro de operaciones — donde «el ministro Providencia y el general pililo» avanzaban imparables a pesar de los errores del comando— preocupaban a Lira, quien describió el desconcierto que reinó en la batalla de Tarapacá, donde los batallones chilenos «se fusilaron mutuamente» (Claro Tocornal, 2003, p. 66). La narrativa de guerra criticó la dirección de las operaciones bélicas, así como también la logística del gobierno. Las primeras cucharadas de caldo que se sacaban del fondo del plato, escribió el oficial Rosales en su diario, mostraban «la inmundicia» que recibía la tropa en lugar de comida (Rosales, 1984, p. 68). En esa misma clave confrontacional, un grupo de sargentos alzaron su voz desde el campamento Porvenir para quejarse de la mazamorra diaria, del poroto crudo, del charqui amigo de la disentería y del agua salada que conformaban su dieta diaria. «Como peregrinos y sin amparo» los soldados se quejaron de los oficiales que «con petulancia se acomodaban en pomposa mesa» mientras que a ellos les aventaban las sobras559. Las quejas tenían un asidero en la realidad. De acuerdo al periodista Ramón Pacheco, el despilfarro y la indolencia reinaban en el manejo de los donativos que llegaban a Antofagasta. El charqui apolillado, las papas podridas, sacos de harina sirviendo de lecho a los ratones y las boticas de las ambulancias «muy mal atendidas» daban cuenta de la 286
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