Guerreros civilizadores

Maravillosa sazonan las historias de los cronistas soldados, para quienes Lima se convierte en objeto de deseo además de obsesión. Resaltar la femineidad limeña resultaba un argumento funcional para mostrar uno de los elementos fundamentales del discurso nacionalista chileno: la exaltación de la propia masculinidad, de aquella «virilidad chilena» subrayada una y otra vez en la narrativa de guerra. Lima, además de ser una ciudad «orgullosa» y «mujeril» que había venido llevando hasta antes de la llegada de los chilenos la vida de Mesalina (Pinochet de la Barra, en Holguín, 1926, p. 235), estaba «acostumbrada a entregarse gozosa a los placeres» que la enervaban (Salinas, F., 1893, p. 258). La capital peruana se caracterizaba por la disipación, los bacanales, los amoríos a media noche, las orgías y todo aquello que había hecho de esa urbe el lugar de un eterno carnaval (p. 268). Lima no estaba sola en su tendencia hacia los pecados de la carne. Callao era, asimismo, percibido como la «sucursal de los placeres de Lima» y el balneario de Chorrillos como nido del placer, del regocijo, del vino y de la corrupción. Era por exhibir dichas características, las de una Sodoma decimonónica, que Chorrillos mereció la suerte que le deparó el destino, una suerte similar a la de «las ciudades del diluvio» (Venegas, 1885, p. 269). Lima actuaba con los chilenos como una mujer enojada. «La gran coqueta», escribió uno de los soldados cronistas, había jurado como las viudas jóvenes que su dolor sería eterno y aun «como las viudas de la India» hablaba de arrojarse a «la hoguera de su señor». Su «corazón de mujer herida» era la causa de la «excomunión femenina» de los chilenos, y es por ello que en la ciudad reinaba un silencio de camposanto (Riquelme, 1931, p. 213). Sin embargo, más adelante las limeñas, modernas «bacantes» y «expertas en goces sensuales» y orgiásticos se entregarían a los vencedores «despreciando a sus conciudadanos», los cuales derrotados debían retirarse abatidos y cabizbajos, como gallos desposeídos de sus harenes por otros varones más poderosos (Salinas, F., 1893, p. 263). Los hombres peruanos, especialmente los limeños, no se escaparon de los estereotipos y de la fascinante mitología que fue construyéndose sobre el Perú. Desde la etapa de los Incas, escribió Urquieta en su diario, los peruanos se habían caracterizado por su afeminamiento. «Sin fuerza ni energía» a ellos incluso les daba «placer» el verse «dominados» (Urquieta, 1907, p. 216). Fue tal vez por lo popular de esta afirmación que no sorprende que Hipólito Gutiérrez escribiera en su diario que los indios eran traicioneros además de maricones (Quiroz & Gutiérrez, 1976, prólogo de 285

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