En Chorrillos el consumo de alcohol llegó a niveles nunca antes vistos en la campaña marítima y terrestre. Dispersos en las calles del balneario limeño, luego de la decisiva y sangrienta batalla los expedicionarios asaltaron las pulperías y despachos de licores, entre un diluvio de balas que cruzaban en todas las direcciones. Las pipas de vino «eran desfondadas a culatazos; los piscos rotos a balazos; las botellas desgolletadas». A pocas horas del triunfo militar, catorce mil soldados chilenos estaban borrachos en las calles del «Versalles peruano», y la oficialidad era impotente para contener el desborde. Los soldados vencedores, escribió Urquieta en su diario, se embriagaron en su gran mayoría. Al día siguiente de la batalla de Lima las comisiones que buscaban a los faltantes tuvieron serios problemas para llevárselos de vuelta a sus cuarteles. La tropa embriagada cometió excesos hasta el punto de matarse unos a otros (Urquieta, 1907, p. 182). Justo Abel Rosales se sorprendió de la violencia que cundió entre sus camaradas de armas luego de la entrada del ejército chileno al balneario peruano, donde una gallina llevada por algunos soldados fue tomada a balazos por otros. Mientras ello ocurría, un cabo de la banda de música del Aconcagua baleaba a un compañero por negarle un trago de vino. Lo extenuante del combate combinado con el abundante alcohol que el soldado encontró durante el saqueo de Chorrillos sirvieron para exacerbar los ánimos de una tropa exhausta y, qué duda cabe, muy perturbada por la violencia vivida a lo largo de una ardua campaña. Debido a «la resaca general» se mató, se saqueó y se incendió «a discreción». Al caer la tarde, «gruesas y gigantescas columnas de humo» se elevaron sobre el cielo de Lima produciendo «horrorosos incendios» en medio de la alegría de todos los cuerpos del ejército, «ebrios de vino, de sangre y de victoria» (del Solar, 1967). Llegar a Lima fue el mayor deseo de los expedicionarios. Por ser el destino final de un viaje lleno de peligros, en la capital peruana se conjugará la violencia más extrema con la necesidad, casi compulsiva, de disfrutar de todos los placeres de la vida. Alberto de la Cruz escribió que cada paso que se avanzara en Lima estaría «marcado con un cadáver»557. Lucio Venegas pensaba, por otro lado, que después de dos años de campaña la capital peruana sería el lugar para expandir el mundo de las emociones, terminar con los sufrimientos de los campamentos y los miedos de las pasadas batallas. En Lima, anotó en sus memorias, lo esperaban «las delicias del paraíso de Mahoma, la satisfacción, el regocijo, 283
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx