Guerreros civilizadores

los expedicionarios. A consecuencia de su intoxicación alcohólica un sargento de apellido Barahona cometió graves desórdenes en el cuerpo de guardia, insultando a todos sus superiores. «Son las clases —le gritaba a todo aquel que se atrevía a acercársele— quienes le daban honor a su batallón». La chicha empujaba a la insubordinación y a la violencia no solo entre los subalternos sino entre el mando intermedio. Un mayor, al que refiere Rosales en su diario, andaba bastante «achispado» y ese fue el motivo de la tiranía a la que sometió a sus subordinados. El licor lo ponía insoportable y la tropa era el blanco de sus iras. La borrachera, la violencia y la apropiación de lo ajeno iban casi siempre de la mano (Rosales, 1984, pp. 119, 121). En una carta enviada por Galdames López, embarcado en el Pisagua, este denunciaba el expendio de licor por parte del mayordomo del comandante del barco. Esto ocasionaba grandes borracheras entre la tripulación, lo que atentaban contra la disciplina interna555. Pacocha, «un pueblecito muy simpático de casitas nuevas y muy elegantes», fue el blanco de las fechorías de un grupo de soldados intoxicados a quienes Lira sorprendió robando. Y es que era vox populi entre los soldados que la guerra podía cambiarles radicalmente la vida si es que se mantenían alertas a las oportunidades. «Yo no me olvidaré de ti ni un solo momento», le escribió a su esposa el miliciano talquino Bartolomé Leiva, para más adelante comentarle «ha habido muchos que se han encontrado con algún dinero, puede ser que a mí me toque la suerte de esos hallazgos y tu saldrás de la miseria»556. En el saqueo y destrucción de Mollendo, un antecedente de lo que sucedió en Lima, el alcohol jugó un papel central. «¡Qué espléndidos e imponentes fuegos artificiales hemos tenido en estos tres días!» escribió Lira refiriéndose al incendio de la estación del moderno ferrocarril provinciano que quedó reducido a escombros (Claro Tocornal, 2003, p. 71). En Moquegua la mayor parte de la tropa se embriagó a pesar de las consignas del general Baquedano, quien para evitar mayores escándalos hizo arrojar al río los sabrosos caldos de las viñas aledañas al valle. Sin embargo, a pesar de que el mar se tiñó de rojo, «algunos cazadores hicieron acequias para seguir aprovechando al menos por unos días del delicioso vino peruano (Urquieta, 1907, I, p. 237). «Faltaron solo los arroyos de leche para estar en plena era mitológica», escribió Lira en una carta refiriéndose al inquietante evento del que fue testigo presencial (Claro Tocornal, 2003, p. 76). 282

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