Guerreros civilizadores

y el adulo» por el «llano y sencillo» que ellos creyeron poseer. El objetivo intelectual de los fundadores de El Atacameño fue alcanzado por los periodistas del diario La Actualidad, quienes luego de tomar el control de la imprenta de El Peruano, a los pocos días de ocupada Lima, subrayaron en una sucesión de artículos editoriales, citados en el segundo capítulo, que era «indispensable» que los vencidos conocieran a través de un periódico culto «el espíritu civilizador y organizador» de una república en forma como la chilena553. El paseo por las ciudades ocupadas fue un tema obligado en las crónicas de los expedicionarios. Iquique fue descrita por Lira como «un barrio elegante de Valparaíso trasplantado al desierto» (Claro Tocornal, 2003, p. 67). Antofagasta fue presentada por el oficial Krug como una ciudad de madera, asentada al pie de un cerro árido y sin fertilidad alguna. El aspecto del emporio salitrero era en general triste debido a su aridez. En breve, la zona reivindicada por los expedicionarios era una combinación de edificios, cerros, terreno árido y un cielo azul de diáfana transparencia. Lo que se extrañaba eran los árboles, las quintas, los campos cultivados y los jardines que había en Colchagua554. Conde, un pueblito de Moquegua, fue descrito por Antonio Urquieta como un «pequeño caserío» de menos de dos varas de ancho. La zona era naturalmente bella no solo por sus «numerosísimas quintas y haciendas» sino por sus preciosos viñedos y variedad de árboles frutales (Urquieta, 1907, p. 251). Arturo Benavides anota en su diario que a primera vista Lima le pareció una ciudad espléndida. Las numerosas iglesias, todas muy elevadas y dotadas generalmente de cúpulas, le daban a la capital enemiga un aspecto monumental. Las calles eran caprichosas y abundantes en edificios de estilo morisco. Sin embargo, mirada a la claridad débil del gas Lima podía ser comparada a una vieja que disimulaba con afeites sus innumerables arrugas (Benavides Santos, 1925, p. 242). El consumo de alcohol fue otra forma de distracción para la oficialidad y la tropa. El pago del salario solventó borracheras enormes. Con plata en el bolsillo los soldados se lanzaron a beber como camellos y llenaron la cárcel de Antofagasta, cuyo calabozo quedó estrecho para cobijar a tanto ebrio que llegaba al cuartel afirmándose en las paredes (Rosales, 1984, pp. 42, 64). El expendio de alcohol en la zona reivindicada se convirtió en una verdadera «calamidad» (Fernández Larraín, 1963 p. 94). Bajo los efectos del alcohol afloró el resentimiento, el deseo de apropiarse de lo ajeno y una serie de conflictos sociales que se encontraban latentes entre 281

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx