seudónimo, no tenía «más aliño que la verdad y más objetivo que la gloria de Chile»550. Personajes como el sargento 2º del primer batallón del regimiento Lautaro, Martínez Castro, ofrecieron enviar a Vicuña Mackenna «datos sucintos y fidedignos» desde el lugar de los hechos. El compromiso del sargento fue «seguir paso a paso» los acontecimientos bélicos, a los que prometía observar «no con la pasión del actor, sino con la neutralidad del testigo ocular e imparcial». Al igual que el resto de corresponsales de Vicuña Mackenna, Martínez entendió cual era su lugar en esa compleja cadena de mediaciones culturales cuyo eje era Santiago y Valparaíso, y así se lo hizo saber a su patrón intelectual. «En este pequeño Chile o gran colmena de abejas, suceden grandes y pequeñas cosas que a la vista de un ojo audaz y perspicaz no pueden escaparse. En este sentido, nada más lógico que someter las cuestiones al criterio de inteligencias ilustradas que se impongan la misión de solucionarlas y darlas a conocer al mundo de los hechos con su palabra autorizada»551. En el marco de un fascinante acto comunicacional, la guerra fue convertida en un bien intangible capaz de asumir diversas representaciones. Esta perspectiva permite aproximarse mejor a la fantástica metamorfosis intelectual experimentada no solo por Martínez Castro sino por los soldados-periodistas de El Atacameño, quienes desde un diario escrito «a luz de un candil y bajo el techo de un rancho de totora» ubicado en Pocollai secundaron la tarea de explicar la naturaleza de la empresa bélica en la cual participaban. De acuerdo a los once miembros del directorio de El Atacameño, presidido por Rodolfo Prieto, la guerra era un acto al que Chile fue «alevemente provocado», una ofensa que «los robustos brazos» de sus hijos «ocupados en el trabajo activo» sabrían vengar. Para estos noveles hombres de palabras, lo que estaba realmente en juego no era el impuesto de los diez centavos establecido por el gobierno del general Daza en detrimento de la Compañía Salitrera de Antofagasta, sino «el honor manchado de la patria»552. Los soldados del Atacama no quisieron permanecer al margen de la discusión generada en la esfera pública y por ello mandaron, también, sus cuartillas a Vicuña Mackenna, al que nombraron como «depositario» de su producción intelectual. El sueño de los redactores del periódico itinerante fue tomar por asalto la imprenta del diario limeño La Patria. En el marco de un proyecto cultural sumamente ambicioso, los periodistas-soldados se propusieron sustituir el lenguaje de los peruanos inspirado por «el alcohol 280
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