El mayor intento por integrar el frente interno con el externo fueron las cartas y los periódicos, cuya lectura se constituyó en fuente de entretención. Cada dos o tres días llegaban a los campamentos las recuas de mulas con la palabra correo en el collar. Las autoridades de cada campamento izaban la bandera roja a la llegada de las valijas. A partir de ese momento los cuerpos mandaban un pelotón a recibir los sacos que luego se distribuían por compañías. Para los soldados el correo era «el cálido aliento del hogar». Cuando se abrían las encomiendas recién llegadas del sur aparecían no solo las «cositas ricas de la tierra», como el dulce de papaya y la mermelada, sino el material de lectura junto con hilo y agujas, calcetines, jabones y escapularios de la Virgen del Carmen (Vargas Machuca, 1927, II, p. 214). Las cartas llegaban, pero también salían por centenares con dirección a Santiago y a las provincias. Muchas de ellas solicitando material de lectura diaria. «Deseosos los que suscriben de aprovechar la lectura que tan necesaria es en algunas horas de descanso que tenemos de nuestras pesadas tareas militares» fue el encabezamiento de una de las miles de misivas que Vicuña Mackenna recibió en su oficina capitalina. En esta ocasión cuatro sargentos del regimiento Esmeralda solicitaban el envío de números de diarios o periódicos con la finalidad de informarse sobre lo que sus conciudadanos opinaban de la guerra. En igual sentido Belisario Zelaya pedía «algunos libritos» y diarios capitalinos que corrían de mano en mano en los campamentos militares549. En ciertas ocasiones, las cartas remitidas a la mesa de redacción de El Nuevo Ferrocarril y de otros diarios provincianos pusieron en evidencia el desagrado de los soldados, quienes sentían que sus acciones eran distorsionadas por la prensa. Así, la impresionante expansión de la esfera pública que se vivió en Santiago y las provincias a raíz de la Guerra del Pacífico está relacionada con la incorporación de las voces, a veces discordantes, de centenares de cronistas soldados desperdigados desde Antofagasta hasta Chiclayo. «Con notable interés», escribió Alberto de la Cruz desde el Campamento de Dolores, «hemos seguido leyendo la serie de artículos que usted publica en El Nuevo Ferrocarril sobre los diversos asuntos de la guerra, los desaciertos que se cometen a cada paso en la presente campaña» y «el interés» que usted se toma «por la suerte del soldado». El «desfiguramiento de la verdad» en las noticias que se publicaban en Chile empujó a Cruz y a un grupo de sus camaradas a escribir el extenso artículo que le hicieron llegar a Vicuña Mackenna. El texto escrito «en las marchas y en los campamentos» y firmado con un 279
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