Campamento de tropas chilenas en Curayaco Las «lenguas» y las plumas en constante movimiento mantuvieron distraídos a los expedicionarios (p. 205). Dentro de un contexto en el que las historias reales e inventadas mantenían a la tropa alejada, al menos por un momento, de sus propios miedos e inquietudes, Eleuterio Ramírez le pidió a Vicuña Mackenna que desmintiera las bolas que «los noticieros de pacotilla» circulaban entre los campamentos. Al inventar noticias falsas y exageradas lo único que provocaban era el sobresalto y el pesar de las familias de los combatientes548. Las historias escritas en un diario personal o narradas en voz alta hicieron más llevadera la espera del soldado en campaña. Resultaba imprescindible paliar la monotonía de los campamentos y una estrategia era escribir el día a día de la guerra. «Si usted viera a la tropa vería que todo el día se la pasan escribiendo», le escribió Federico Barahona a Vicuña Mackenna en vísperas del asalto sobre Lima. En uno de sus populares relatos, este último mencionó a un muchacho de doce años que llevaba en su cartuchera un diario sobre sus marchas y faenas, el cual era motivo de curiosidad y de burla de sus camaradas adultos (Vicuña Mackenna, 1915, pp. 13-14). El miliciano Urquieta nos cuenta sobre su encuentro con una suerte de bardo popular «que hizo de un galpón su ágora». En ese humilde lugar el sargento, cuyo nombre desconocemos, contaba historias y recitaba poemas a «infinidad de soldados» que lo escuchaban embelesados. Así, el narrador alimentaba las mentes de militares y milicianos con las sagas de los héroes de la Antigüedad. Su gran habilidad consistía en contar de manera sencilla la historia de todos aquellos que fueron capaces de acceder a la gloria, elevándose sobre sus circunstancias. Bajo el encanto de la voz de un vate anónimo los expedicionarios convivieron, al menos por algunas horas, con los héroes griegos que derrotaron a los persas en la mítica batalla de Salamina (Urquieta, 1907, I, p. 119). 278
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx