mismos burros», que coleaban y rebuznaban creando un ambiente festivo. En el campamento de Pisagua hubo función de maromas en las que se utilizaron elegantes trajes costeados por los oficiales. El Coquimbo tenía una compañía numerosa de circo, en cuyo elenco figuraban payasos, bailarines en la cuerda floja, maestros de trapecio, bufos, payadores, zapateadores de zamacueca (a la usanza minera) con gorro y ojotas. Esta gran compañía de volatín, pantomima y equitación contaba con un burro amaestrado que recorría los diversos cantones a pedido de los jefes que solicitaban sus servicios (Vargas Machuca, 1927, II, p. 20). Las representaciones teatrales como La Jornada de Tarapacá, estrenada en Antofagasta, y las funciones de títeres con gran cantidad de variados y «bonitos monos» ayudaron a atenuar el tedio de los soldados e incluso permitieron hacer públicas sus demandas respecto a las condiciones de vida en los campamentos. El canto popular y la cueca se convirtieron en otra fuente de entretención y de alegría. En ocasiones especiales los oficiales tocaban la guitarra y cantaban graciosas tonadas que hacían reír a carcajadas a la tropa. Existían titiriteros reconocidos, como fue el caso del negro Espejo (Vargas Machuca, 1927, II, pp. 100-101), y en algunos cuerpos destacaban algunas cantineras que eran expertas en el arte del punteo, como fue el caso del regimiento Atacama, donde «la Chata» tocaba de maravilla y su suave voz interpretaba canciones patrióticas que tenían el don de entusiasmar a los oyentes y transportarlos con el pensamiento al pueblo de sus amores y recuerdos. La banda de músicos del ejército amenizó muchas de las funciones públicas, a las que asistieron los altos mandos militares, y en días festivos y feriados las compañías rivalizaban en la presentación de obras de teatro como La vida es sueño, El puñal godo y El mercader de Venecia. Las carreras de caballos atraían, por otro lado, a los amantes de la hípica al hipódromo de Tacna (Rodríguez Rautcher, 1988, pp. 34, 37). Cocinar y disfrutar de la comida fue otra forma de entretenimiento. En Locumba las verduras abundantes del valle, obtenidas por los soldados, mejoraron la modesta cazuela, que se convirtió en «cocido a la chilena» con los choclos, cebollas, papas, camotes, tomates y a veces trozos de chancho, conejo o llama que se «granjearon» los expedicionarios en las chacras aledañas (Vargas Machuca, 1927, II, p. 211). Antes del ataque sobre Lima la tropa recibió carne cocida y cruda, café azúcar, tabaco y pan, lo que fue celebrado por todos los que iban a buscar la «victoria o la muerte» (Rosales, 1984, p. 207). 277
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx